domingo, 22 de febrero de 2026

Reproche (Mariana Alcoforado)

Hay que confesar que estoy obligada a odiaros mortalmente. ¡Ah!, yo me he ganado todas mis desdichas: os he acostumbrado al principio a una gran pasión, con demasiada franqueza, hace falta el artificio para hacerse amar; hay que buscar con alguna destreza los medios de encenderlo, y el amor solo no provoca el amor; queríais que os amara, y como  os habíais formado  este propósito, no hubo  nada que no hubieseis hecho para  lograrlo; os habríais incluso decidido a amarme si hubiera  sido  necesario, pero os habéis dado cuenta  de que podíais triunfar en vuestra empresa sin pasión, y que no la necesitabais para nada,  ¡Qué perfidia! ¿Creéis acaso que me habéis podido engañar impunemente? Si algún azar os trajera a este país, os aseguro que os entregaré a la venganza de los míos. He vivido largo tiempo  en un abandono y en una idolatría  que  me  dan  horror, y mi remordimiento me persigue con un  rigor insoportable; siento vivamente la  vergüenza de  los crímenes que  me habéis hecho cometer y ya no siento ¡ay!, la pasión que me  impedía conocer su enormidad. ¿Cuándo dejará  mi corazón de  estar  desgarrado? ¿Cuándo  me veré libre de esta cruel  complicación?  Sin embargo,  creo que  no os deseo  ningún mal, y que  me decidiría a consentir que fueseis dichoso, pero, si tenéis un noble corazón,  ¿cómo podríais serlo? 
Quiero escribiros otra carta para  mostraros que estaré quizá dentro de  algún tiempo esté más tranquila. ¡Qué placer voy a sentir cuando pueda reprocharos  vuestro injusto proceder después de que ya no esté tan  vivamente afectada,  y cuando os haga saber que os desprecio,  que  hablo 
de vuestra traición con harta indiferencia y que he olvidado todos  mis  placeres y todo  mi dolor, y que solo  me  acuerdo de vos cuando quiero acordarme! Sigo estando de  acuerdo  en  que tenéis grandes prerrogativas sobre mí  y que me habéis despertado  una pasión  que me  ha  hecho perder  la razón; pero apenas  vanagloriaros de ello: yo  era  joven, era crédula, me habían  encerrado en  este  convento desde  mi infancia,  solo había  visto  más que gente desagradable y nunca había oído nunca los halagos que sin cesar me hacíais; tenía la impresión de que os debía los encantos y  la belleza que veíais  en mí, y que me hicisteis ver, oía  hablar  bien de vos, todo el mundo  me  hablaba en vuestro favor; hacías  todo lo necesario para provocar mi amor. 
Pero al fin me he recobrado de ese hechizo, me habéis sido de gran ayuda y confieso  que lo necesitaba en extremo. Al  devolveros  vuestras  cartas,  conservaré cuidadosamente las dos últimas que me  habéis escrito y las leeré aún más a menudo de lo que leí las  primeras con el fin de no recaer en  mis debilidades.  ¡Ah! Qué  caras  me  cuestan, y  qué  dichosa  hubiera sido  si hubierais  querido  soportar que os hubiera amado siempre. Bien veo que aún estoy demasiado obsesionada por mis  reproches y vuestra  infi­delidad; pero acordaos  de  que me  prometí una  situación  más  sosegada y que  lo  lograré o tomaré contra mí una resolución extrema de la que tendréis conocimiento sin apenas pesar. Pero  no  quiero nada más de vos, soy  una  loca  al  repetir  tanto  las  mismas  cosas tan a menudo, tengo que abandonaros y no volver a pensar en vos, creo que no os volveré a escribir. ¿Estoy obligada a daros  cuenta exacta de todos mis  sentimientos?
 

 

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Cartas de la monja portuguesa
Mariana Mendes da Costa Alcoforado (Beja, 22 de abril de 1640 - Beja, 28 de julio de 1723)

No carecemos de noticias y comentarios sobre la vida de los sentimientos. Pero verlos, solo los vemos en los breves instantes en que se alzan de súbito sobre la corriente del destino o –con algo más de sosiego– cuando ya muertos, desplomados, pasan flotando sobre su superficie.
¿No ha sido tal vez esto lo que ha proporcionado su prestigio en todas las épocas a las cartas portuguesas: que en ellas, como por un milagro, un gran sentimiento se aparta del destino y se adelanta a él, evidente, manifiesto, inolvidable?
¿En qué otra ocasión se ha tenido la posibilidad de ver crecer así al amor? ¿Dónde ha habido un sentimiento de tal intensidad y empeño que no se hundiera de inmediato, se modificara o nos confundiera adoptando disfraces? El arte de las amadas famosas consistía precisamente en mantener su sentimiento bajo la superficie; en sus retratos se nos transmite en ocasiones la rara y tosca sonrisa con que se lamentaban de sus crecientes sentimientos, al tiempo que se precipitaban en lo más profundo de su destino.
Qué diferente debió de haber sido aquella sonrisa de Mariana Alcoforado. No conservamos ninguna mención de ella y a duras penas somos capaces de entrever su rostro. Tanto nos parece ser su gesto lo que ha quedado, el gesto en perpetuo ascenso con el que alzó y mantuvo su difícil amor muy por encima de ella misma. No conocíamos antes ese gesto, pero la voz no era la primera vez que la escuchábamos. Es similar a aquella que en ocasiones se eleva al llegar la noche de primavera, estallando en todo cuanto no es capaz de seguir reteniéndola por más tiempo. Como con el ímpetu del ruiseñor no solo nos llega un grito, sino también un silencio en el que está contenida la noche inabarcable, así está completo en las palabras de esta monja todo el sentimiento, su expresión y cuanto hay en él de inexpresable. Y su voz carece de destino, como la del ave.
Su vida es tan ilimitada y de tan torpe sencillez que incluso lo fatal de su amor no da pie a destino alguno. Ella lo echa en falta, anhela toda la acumulación, la excitación, la aniquilación que recibe el nombre de destino, mientras sigue teniendo la esperanza de llegar a ser una gran amada. Pero por encima de todo ello se transforma cada vez más en la gran amante que admiramos.
[Prólogo de Rainer María Rilke] 

martes, 6 de enero de 2026

Hipocresía (Leila Slimani)

Tengo, pues, de ella, una imagen bastante clara: es conservadora y, sin duda, aunque esté callada, me juzga. Con motivo de la publicación de mi novela, tuve la oportunidad de captar de ella una imagen diferente. Una tarde en la que estábamos solas en la cocina, me dijo, con una mirada pícara: «¡Yo ya sé de qué va tu libro!». Le sonreí, un poco tensa por la conversación que se avecinaba. Temía que me soltase un sermón. «Hablas de esa gente que está obsesionada con el sexo, ¿verdad? Porque en Marruecos hay mucha gente así, ¿sabes? En mi barrio, las mujeres me cuentan cosas.»
¡Mira por dónde, Yamila, tan pudorosa, tan mojigata, habla de sexo con sus amigas! ¡Cualquiera lo diría!
«Una amiga que vive cerca de mi casa me contaba que su marido quería hacer el amor tres o cuatro veces al día. Sin pedirle a ella su opinión. ¿Entiendes a que me refiero?», me dice. Sí, la entiendo. La viola. Me doy cuenta de que no sé decir «violar» en árabe, pero ella y yo nos hemos entendido perfectamente.
«Muchos hombres son así», sigue contando. «Las mujeres trabajan, cuidan de sus hijos, de la casa. Y además deben hacer lo que el buen señor quiere, y no paran de quedarse preñadas. Por suerte, hay quienes prefieren ir a ver a ciertas chicas del barrio y dejan a su esposa tranquila.» Le pregunto si se refiere a prostitutas con lo de ir a ver a ciertas chicas.
...
«Llevan una vida de desgraciadas», prosigue, determinada a seguir contando. «¿Sabes? En el barrio hay una que tiene sida. Lo ocultó durante un tiempo, y al final se ha sabido. El tipo que la contagió la dejó y se largó. Ahora está completamente abandonada. Es triste lo que sucede. En muchos casos, se quedan preñadas de algún hombre de su familia, de un tío o de su propio padre. No hablan de ello. Lo esconden o se suicidan.» Insisto en comentarle que si esas situaciones se producen es por la enorme hipocresía que existe y porque nadie se atreve a denunciar esos crímenes, con el pretexto de protegerse de la vergüenza. Intento explicarle que una sociedad en la que las mujeres fueran más libres no significa obligatoriamente que sea contraria a la religión, sino que nos permitiría protegerlas mejor. Ante mi asombro, asiente. «Todo esto no sirve a la causa del islam. Solo sirve a una causa. La de los hombres.»  
 
 

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Sexo y mentiras. La vida sexual en Marruecos
Leila Slimani (Rabat, Marruecos, 3 de octubre de 1981)  

"Sexo y mentiras" es la voz, fuerte y sincera, de una juventud marroquí que vive amordazada, en una sociedad donde el sexo se consume como mercancía. Desde la infancia, a chicas y chicos se les educa inculcándoles una cohibición y una vergüenza que les marcará de por vida. La mentira es la norma con tal de que el honor, la virginidad y las apariencias sean salvadas. En Marruecos, esta inmensa miseria sexual es utilizada como herramienta de sumisión; la ley castiga y proscribe toda relación sexual fuera del matrimonio. Las mujeres con las que Leila Slimani se entrevista le confiaron sin tapujos su vida sexual. La inmensa mayoría intentan liberarse, en un combate íntimo, desgarrador. Frente a la hipocresía social, las jóvenes solo tienen una alternativa: virgen o esposa.

viernes, 29 de agosto de 2025

Gozo (Guillermo de Aquitania)

VII
 
Puesto que vemos florecer de nuevo
los prados, y reverdecer los vergeles,
y aclararse ríos y fuentes,
auras y vientos,
bien debe uno gozar del gozo
con el que goza.
 
De Amor no debo decir sino bien,
¿Por qué no tengo de él poco ni mucho?
Porque quizá no deba tener más.
Fácilmente da, sin embargo,
gran gozo a aquel que observa
sus preceptos.
 
Siempre me ha tocado la suerte
de no gozar de aquello que amo;
ni lo haré ni lo hice jamás,
porque, cuando lo hago,
el corazón me dice muchas veces:
«Todo es nada.»
 
Por eso obtengo menos placer 
porque deseo aquello que no puedo obtener.
Sin embargo, el proverbio dice verdad:
 
«Ciertamente
la buena voluntad consigue su objetivo 
si se sabe sufrir.» 

 
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Poesía completa 
Guillermo de Aquitania (22 de octubre de 1071 - Poitiers, 10 de febrero de 1126)  

Con Guillermo, IX duque de Aquitania (1071-1127), se inicia la poesía trovadoresca, uno de los legados literarios más importantes del Medievo europeo. De Guillermo se nos han conservado once canciones. Las seis primeras están escritas en un lenguaje plástico y brutal y van dirigidas a sus compañeros de correrías bélicas y amorosas; la cuarta, Farai un vers de dreit nien, es, con mucho, la más conocida. Las canciones VI-X se sitúan en un contexto de amor cortés en que la dama hace del caballero su vasallo, trasladando a un contexto erótico las estructuras feudales de la época. La última canción expresa melancólicas consideraciones ante la proximidad de la muerte.

sábado, 19 de julio de 2025

Persecución (Anna Kavan)

En algún lugar del mundo tengo un enemigo implacable, aunque no conozco su nombre. Tampoco sé qué aspecto tiene. De hecho, si entrara en este mismo instante en mi habitación, mientras estoy escribiendo, seguiría sin reconocerlo. Durante mucho tiempo creí que algún instinto me avisaría si nos encontrásemos cara a cara; pero ya no lo creo así. A lo mejor es un desconocido, pero quizá lo más probable es que sea alguien a quien conozca bastante bien, puede que alguien a quien vea todos los días. Porque si no es una persona de mi círculo más inmediato, ¿cómo es posible que tenga información tan detallada de mis movimientos? Me resulta prácticamente imposible tomar ninguna decisión -incluso sobre un tema tan insignificante como visitar o no a un amigo por la noche- sin que mi enemigo se entere y sin que este tome medidas para asegurarse mi turbación. Y, por supuesto, también está bien informado sobre cuestiones más importantes.
El hecho de no saber absolutamente nada sobre él hace que mi vida sea intolerable, lo que me hace sospechar de todo el mundo por igual. No hay, literalmente, ni una sola alma en la que pueda confiar.
A medida que pasan los días me estoy preocupando cada vez más de este maldito problema; de hecho, se ha convertido en una obsesión para mí. Cada vez que hablo con alguien me descubro escudriñándolo con absoluta atención, buscando cualquier signo que delate al traidor que está decidido a hundirme. No puedo concentrarme en mi trabajo porque siempre estoy debatiendo en mi cabeza la cuestión de la identidad de mi enemigo y el motivo de su odio. ¿Qué he podido hacer para originar semejante e incansable persecución?
...
Hasta que no me haya destruido por completo no se sentirá satisfecho. Es el principio del fin; durante las últimas semanas he recibido innegables indicaciones de que está empezando a interponer falsas acusaciones contra mí a las autoridades. No pasará mucho tiempo hasta que vengan a buscarme. Cuando vengan a por mí será probablemente de noche. No habrá revólveres ni esposas; todo transcurrirá de forma tranquila y ordenada, con dos o tres hombres de uniforme o con chaquetas blancas, y uno de ellos llevará una aguja hipodérmica. Así ocurrirá conmigo. Sé que estoy condenada y no voy a luchar contra mi destino. Sé que estoy escribiéndolo para que, cuando no me veas más, sepas que el enemigo, finalmente, ha triunfado.
 
 

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El descenso
Anna Kavan (Cannes, Francia, 10 de abril de 1901 - Londres, Reino Unido, 5 de diciembre de 1968)

Anna Kavan nació en 1901, en Cannes, Francia, con el nombre de Helen Emily Woods. Hija única de un matrimonio adinerado, creció viajando entre Europa y Estados Unidos hasta el suicidio de su padre, que la marcó profundamente; fue el primer hecho fatídico de una vida plagada de sufrimiento y asediada por la depresión y las adicciones. Su madre se negó a que estudiara en Oxford, tal y como ella le pedía, y la forzó a casarse con Donald Ferguson, quien había sido su propio amante. Este infeliz matrimonio quedó retratado en su novela Let me alone (1930). Kavan se casó y se divorció dos veces, perdió a su hijo en la Segunda Guerra Mundial, trató de suicidarse en tres ocasiones y pasó largas temporadas encerrada en hospitales psiquiátricos de Suiza e Inglaterra, de los que sacó el doloroso material con el que escribió los relatos que componen El descenso (Navona, 2019). Este fue el primer libro que firmó como Anna Kavan (seudónimo que acabaría asumiendo legalmente); en él aparece por primera vez la atmósfera opresiva y la paranoica figura del perseguidor que llevará a su culminación en Hielo (1967), considerada su obra maestra y con la que obtuvo popularidad a sus sesenta y seis años. El año siguiente a la publicación de hielo, Anna Kavan murió sola en su casa de un ataque de corazón. Según la policía, en aquella casa había «suficiente heroína para matar a toda la calle».
[TrotaLibros] 

miércoles, 11 de junio de 2025

Fácil (José Corredor-Matheos)

Qué fácil escribir 
entrada ya la noche,
cuando estás agotado
y a la mano le cuesta
trazar sobre el papel
una letra tras otra.
Cómo vibra la noche,
expectante,
como si fuera a abrirse
y se hiciera la luz
dentro de ti.
Tú deseas entonces
que el alba tarde aún
o que no llegue nunca.


 

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Al borde
José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 14 de julio de 1929)

Tusquets Editores, 2022

Fiel a una tradición de poesía desnuda y esencial, Corredor-Matheos nos entrega su libro culminante. Desde la sabiduría de la edad, sus versos plantean con una lucidez luminosa las paradojas de la vida y su comprensión. Los árboles y los pájaros, el asombro de estar vivo, la contemplación y la soledad, la plenitud y la aceptación de la nada… Cada poema, enuncia con poco una honda reflexión, como el que da título al libro: “Estás al borde, al borde, / y no sabes de qué. / Te parece, de pronto, /verlo todo, / saber que tú eres nada. / Acaso siendo todo.”

sábado, 17 de mayo de 2025

Ciudad (E. M. Forster)

Conclusión 

Desde el bombardeo de 1882 la ciudad ha conocido otros sinsabores, pero no voy a describirlos aquí. Tampoco intentaré hacer ninguna peroración, por la sencilla razón de que Alejandría sigue viva y va cambiando incluso mientras uno trata de resumirla. Desde el punto de vista político, su relación actual con el resto de Egipto es más íntima que nunca, pero los elementos extranjeros de antaño permanecen en ella y es al más antiguo de ellos, el griego, a quien debe la cultura moderna que se encuentra en la ciudad. Su futuro es incierto, al igual que el de otras grandes ciudades comerciales. Exceptuando el caso de los Jardines Públicos y el del Museo, el municipio apenas ha estado a la altura de sus responsabilidades históricas. La Biblioteca sufre de escasez de fondos, de la Galería de Arte es mejor no hablar, y los vínculos con el pasado se han roto de manera brutal: por ejemplo, se ha alterado el nombre de la Rue Rosette y el exquisito Bazar Cubierto, cerca de la Rue de France, ha sido destruido. La prosperidad material basada en el algodón, las cebollas y los huevos parece asegurada, pero pocos progresos se observan en otras direcciones y ni el Faro de Sostrato ni los Idilios de Teócrito ni las Enéadas de Plotino cuentan con un probable rival en el futuro. Solo el clima, solo el viento del norte y el mar permanecen tan puros como el día en que Menelao, el primer visitante, desembarcó en Ras-el-Tin, hace de ello tres mil años; y por la noche la constelación llamada «La Cabellera de Berenice» sigue brillado tan intensamente como en el momento en que llamó la atención del astrónomo Conón.

El dios abandona a Antonio

Cuando de pronto a medianoche
se oye pasar un invisible coro
con música exquisita, con voces...
No lamentes que tu fortuna por fin te deje,
que la obra de tu vida haya fracasado, que tus planes hayan resultado ser ilusiones.
Mas como hombre preparado, como hombre valiente,
despídete de ella, de Alejandría, que se marcha.
Sobre todo, no te engañes, no digas que es un sueño,
que tus oídos se equivocaron.
No cedas a estas esperanzas vacías.
Como hombre desde hace tiempo preparado, como hombre valiente,
como hombre que era digno de semejante ciudad,
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción,
mas no las plegarias y quejas del cobarde
(¡Ah, éxtasis supremo!)
escucha las notas, los instrumentos exquisitos del coro místico,
y despídete de ella, de Alejandría, a la que estás perdiendo.

C. P. Kavafis


 

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Alejandría. Historia y Guía.
E. M. Forster (Londres, 1 de enero de 1879 - Coventry, 7 de junio de 1970)

Seix Barral, 1984 

Yo llegué en 1941, veintitrés años después de escribir Forster este libro y ocho años antes de morir Constantin Kavafis, el gran amigo poeta de Forster. Como por arte de magia, no alcancé a detectar ningún cambio. Durante dos años pude pasearme por las páginas de esta guía, utilizándola tan piadosamente como merece que se le utilice y tomando prestados muchos de sus destellos de sabiduría para hinchar con ellos las notas para el libro que yo mismo esperaba escribir algún día. Por lo que pude ver, el único cambio verdadero era la silla vacía en el café favorito del poeta; pero el círculo de amigos permanecía intacto, hombres como Malanos y Petrides, que más adelante escribirían libros sobre su singular amigo. También ellos habían vislumbrado la ciudad fantasma que yacía debajo de la cotidiana. Mas para la mayoría de la gente Alejandría era una ciudad de mala muerte sin otros atractivos que buenas playas para bañarse y numerosos restaurantes franceses. «¡No hay nada que merezca verse!», repetían incesantemente, y también era cierto. La Columna de Pompeyo era una calamidad estética, el antiguo emplazamiento del Faro estaba vedado a los civiles y la tumba de Alejandro había desaparecido bajo un millar de conjeturas. Sin embargo, para muchos de nuestros marineros seguía siendo Eunostos, el «puerto del buen seguro», como lo había sido en tiempos de Homero.

[Prólogo de Lawrence Durrell]

jueves, 10 de abril de 2025

Hora (Novalis)

Entre las muchas horas de alegría
que en la vida he encontrado,
tan solo una me ha quedado fiel;
aquella en la que he descubierto
quien en medio de angustias y dolores
ha muerto por nosotros.

Mi mundo estaba roto.
Como picado por gusanos,
se marchitaban corazón y flores;
todas las posesiones de mi vida,
cada deseo un poco me enterraba,
y aún estuve aquí para el suplicio.

Enfermaba en silencio,
siempre lloraba pidiendo una salida.
Solo permanecía por el miedo y la angustia.
Mas de repente me fue retirada
la piedra de la tumba,
y mi interior abierto.

Nadie pregunte por aquel que vi,
ni por quién iba de su mano.
Eternamente lo veré.
Y de todas las horas de mi vida
quedará abierta solo aquella,
eternamente alegre, igual que mis heridas.  


 

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Canciones espirituales
Novalis
(Georg Philipp Friedrich von Hardenberg)
(Wiederstedt, 2 de mayo de 1772-Weißenfels, 25 de marzo de 1801)

Editorial Renacimiento, 2006

Las Canciones espirituales son una obra peculiar: puede parecer a veces un simple cancionero litúrgigo, otras un poemario apologético, y en sus mejores momentos se nos presenta como el formidable cántico que un curioso místico de la modernidad ha creado en su propia noche oscura.
La historia de su elaboración es también peculiar y confusa. Ludwig Tieck cuenta que Novalis había empezado una serie de «canciones espirituales» que nuestro autor hubiera querido acompañar con una serie de sermones. No podemos hasta qué punto es fidedigna la indicación de Tieck, pero es muy probable que, entre las ideas de Novalis, estuviera la composición de una obra semejante. En cualquier caso, y como ocurre con casi todas las obras de Novalis, las
Canciones no son una obra acabada. Nada en el romanticismo lo es.
[Prólogo de Alejandro Martín Navarro] 

 

viernes, 14 de marzo de 2025

Grámatica (Yasujiro Ozu)

En el caso de la literatura, la gramática es una cuestión fisiológicamente conectada, por así decirlo, con la capacidad de compresión de las personas: si uno se equivoca al conjugar un verbo, la lectura se vuelve más complicada, no se entiende siquiera el tiempo narrativo. Estos aspectos, los llamados fisiológicos, son los que hay que respetar. En el cine, sin embargo, lo que se llama gramática no está en conexión directa con la capacidad de compresión del espectador, sino con los aspectos técnicos de la filmación. A día de hoy, por otra parte, también la mirada del espectador ha madurado: de eso no cabe duda. Cuando voy al cine veo que la gente se ríe abiertamente al contemplar una escena que antes no provocaba la menor risa. Cada vez que estoy ocurre me quedo estupefacto ante una sensibilidad tan articulada. En otras palabras, son los espectadores mismos los que han captado la sensibilidad del cine, la que es privativa de él. Así, cuando un crítico alaba una película porque responde al dictamen de la gramática, los espectadores, con total honestidad, se aburren en las escenas que se atienen con total rigidez a la gramática. Lo que mueve al espectador es la sensibilidad del realizador que logra tocar la fibra de su percepción, y no otras cosas como las reglas de las técnicas de filmación. Tampoco en literatura se dice siempre que un párrafo, perfectamente escrito desde el punto de vista gramatical, sea una pieza soberbia. Lo que cuenta es la sensibilidad expresiva del autor.
Cuando hablo se sensibilidad no me refiero a algo complejo: se trata solo de saber llamar la atención del espectador según su capacidad de percepción. Si esto no se tiene en cuenta sucede lo mismo que cuando nos equivocamos al conjugar un verbo: se produce una confusión y no se consigue transmitir nada.
 

 
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La poética de lo cotidiano
Yasujiro Ozu (Tokio, 12 de diciembre de 1903 - Tokio, 12 de diciembre de 1963)
 
Gallo Nero Ediciones, 2017

Unánimemente considerado como uno de los grandes maestros del cine, Yasujiro Ozu, «el más japonés de los directores japoneses», sigue siendo objeto de culto. Su arte sutil y delicadísimo es literalmente venerado por directores y cinéfilos, y son muchos los que se confiesan herederos de su arte.
Su cine formalmente sobrio, con planos filmados desde el punto de vista que tendría un adulto sentado sobre un tatami, no le impidió retratar mejor que ningún otro cineasta los grandes cambios que sufrió la sociedad japonesa tras la Segunda Guerra Mundial.
La búsqueda de la armonía en las relaciones humanas, el riesgo de la disgregación, los cambios ineludibles de la vida, son algunos de los temas que conforman el tejido narrativo de sus historias, cuyo objetivo, como él decía, siempre fue «hacer sentir la existencia de lo que llamamos vida sin utilizar acontecimientos extraordinarios».
Los textos aquí reunidos ofrecen una perspectiva inédita sobre sus películas, la técnica y la teoría de su oficio, su visión del cine americano de los años treinta y cuarenta, la dicotomía entre ficción y documental, así como su «famosa» aversión hacia la «gramática del cine».

martes, 11 de febrero de 2025

Mundanal (Fray Luis de León)

Oda I

Vida retirada
 

1 ¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

2 Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

3 No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

4 ¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

5 ¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!

Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

6 Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

7 Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

8 Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al Cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.



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Poesía
Fray Luis de León (Belmonte, Cuenca, 1527 o 1528 - Madrigal de las Altas Torres, Ávila, 23 de agosto de 1591)

Clásicos Ebro, 1975
 
La mayor parte de sus obras poéticas son odas que, curiosamente, no fueron publicadas durante su vida, sino cuarenta años después de su muerte por Francisco de Quevedo. Fray Luis demuestra en sus obras ser un gran clásico, como lo fue Garcilaso en la primera mitad del siglo.
Oda a la vida retirada
Es una composición poética que consta de 40 liras, en la que fray Luis de León imita la más famosa oda de Horacio quien, recreando el tópico del «Beatus ille», elogia la vida campestre, cercana a la naturaleza y alejada de las riquezas y vanidades del mundo, ideal que también comparte nuestro poeta.

[https://lclcarmen1bac.wordpress.com/]

jueves, 19 de diciembre de 2024

Pérdida (Franco Michieli)

La belleza misteriosa del blanco horizonte nevado, ondulado y deshabitado, gélido y luminoso, que se extiende a nuestro alrededor en todas direcciones, no depende de su estética, ni tampoco de su potencia, sino de las innumerables historias que en él podrían suceder, sucedernos. Esta belleza tiene múltiples caras porque para nosotros no es un panorama, sino un futuro proyectado en el espacio en el que podríamos ser capaces de mantener una ruta, o perderla. Sabemos que no hay un límite claro entre los dos extremos. Deslizándonos sobre nuestros esquís por ondulaciones, valles, llanuras sin fin y lagos helados, viviremos una larga alternancia de sentimientos de pérdida y hallazgo, de desorientación y de certeza. El camino no trazado que pedimos a la tierra y al cielo que nos sugieran, a través de cientos de kilómetros de una Laponia inmersa en el invierno nórdico, existe solo en nuestra confianza: si dejamos de tenerla, estamos perdidos. Mientras creamos, cada desvío y cada aparente error de dirección seguirán formando parte de la ruta, serán solo curvas del camino que nuestras sugerencias o llamadas silenciosas de la naturaleza podrán corregir con nuestra colaboración para llevarnos a una meta lejana. La belleza de este escenario atrapa y se hace visceral porque no está predefinida, esculpida para siempre; es algo desconocido que se mostrará más o menos según la intensidad de nuestro deseo de encontrarla.


 

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La vocación de perderse
Franco Michieli (Milán, 11 de marzo de 1962)​


Ediciones Siruela, 2021

La vocación de perderse invita a reconciliar a la geografía con la emoción, la percepción y la lectura de la naturaleza como forma de salirnos del ensimismamiento tecnológico que está presente en nuestra individualidad y en el proyecto de conocimiento de nuestra disciplina. El relato, el ejercicio de narrar, la metáfora, el símbolo y el mito son herramientas con las que contamos para enriquecer nuestras percepciones. Pese a que ya no podemos tener esa experiencia totalmente primigenia con nuestros espacios circundantes, entender que el “territorio es como la poesía”, inexplicablemente coherente, con significados transcendentes y tiene el poder de elevar consideraciones de la vida humana, como anota Barry Lopez (Michieli, 2021, p. 29). Perderse, alejarse del mundo mediatizado por lo digital, permitirse reinventar nuestra relación con la naturaleza. Consideremos la centralidad del libro, la apertura a múltiples ángulos para pensar la actuación y la práctica de la geografía y preguntémonos ¿qué paisajes podríamos describir como nos enseña Michieli, al explorar nuestras habilidades narrativas? Incluso nos invita a reflexionar sobre los viajes y rutas que hacemos en nuestros trayectos urbanos y personales, y en los lugares donde podríamos encontrar aquella vocación a perdernos, aunque sean territorios cotidianos.

Valeria Consuelo de Pina Ravest [https://www.scielo.org.mx]

lunes, 11 de noviembre de 2024

Fatiga (Ángel Guinda)

Cuántas veces cuando tengas mi edad,
habrás leído estos versos que para ti escribía
y en los que no podías detenerte
porque tenías prisa,
esa prisa que da
haber vivido apenas,
porque eras tan joven
y veías la muerte aún lejana.

Acaso entonces desees que mi voz continúe
y yo esté comenzando a dialogar en silencio,
a revivir en el silencio
la hermosura de aquellos ávidos años
frente a la paz equívoca de la fatiga.


 

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El arrojo de vivir
Ángel Guinda (Zaragoza, 26 de agosto de 1948 - Madrid, 29 de enero de 2022)​


Olifante Ediciones, 2017

Ángel Guinda, poeta al que se asocia inmediata y fundamentalmente con la temática de la muerte y por una mirada amargo-realista respecto a temas inherentes a la condición humana, como son el paso del tiempo, la enfermedad, la vejez, las ausencias, también ha creado espléndidos poemas de amor; intensos y arrebatados unos, minimalistas otros, y auténticos y sinceros siempre.
Inmersos como estamos en una época opaca, parece conveniente y necesario rescatar poemas que nos iluminen, que nos reconforten y nos reconcilien con lo mejor de nosotros mismos.
El arrojo de vivir recoge una selección de treinta y cuatro poemas de amor que Ángel Guinda ha publicado, a lo largo de su dilatada trayectoria.

lunes, 30 de septiembre de 2024

Desaliento (Julia Hartwig)

 A despecho de uno mismo

Todos los poetas del mundo escriben el mismo poema
describen la misma roca contra la que se hace pedazos el mar
esa misma pérdida que a ninguno de ellos le fue evitada
en el mismo instante experimentan el éxtasis de vivir
la misma noche se tienden en lecho de las sombras

Llegan a conocer un desaliento tan omnímodo
que el mundo deja de existir para ellos
y cuando tratan de reconstruirlo
su abundancia los hace reventar

En esta magna sinfonía que están ejecutando
solo a los primeros violines honra el director con un apretón de manos
y aunque todos ellos se someten a la ley de la misma armonía
cada uno quisiera ser amado al margen de los demás.


 

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Dualidad
Julia Hartwig (Lublin, Polonia, 14 de agosto de 1921 - Gouldsboro, Pensilvania, 14 de julio de 2017
)

Vaso Roto Ediciones, 2013

Los poemas de Julia Hartwig representan un sereno (y en ocasiones desapasionado) esfuerzo por conciliar aproximaciones antitéticas a una realidad siempre multiforme. Moviéndose sin cesar de lo irónico a lo solemne, de lo terrenal  lo onírico, de la desesperación a la epifanía, sus versos constituyen una lúcida respuesta al atrevimiento de quienes solo ofrecen una visión monocolor de la existencia o, aún peor, buscan aprehender aquella esencia proteica en una mera fórmula simplificadora. Y, no obstante, de estos poemas no escapa nunca un grito de protesta frente al aparente sinsentido de cuanto nos rodea. Antes bien, con su vindicación de la templanza y la armonía, llaman a aceptar la realidad tal como se nos ofrece, puesto que solo desde su comprensión cabal es posible acceder a su sentido último. Y cuando esto parezca realmente imposible, cuando nos embargue el miedo a lo desconocido, o lo irracional se nos antoje peligrosamente cercano, lo mejor es «no preguntar», precisamente el título de uno de los poemas que integran uno de sus últimos libros, Jasne niejasne [Claro, poco claro] (2009).
[Prólogo de Antonio Benítez Burraco y Anna Sobieska]

domingo, 4 de agosto de 2024

Monotonía (Izumi Shikibu)

Llovía sin parar y el tiempo discurría monótono. Con mirada fija en la lluvia, el corazón de la dama latía inquieto por su inestable relación con el príncipe. «¡Había muchos hombres que se interesaban por mí en otros tiempos!», se lamentaba, «pero ahora ninguno de ellos me importa. Solo Su Alteza. ¡Ay, corren tantos rumores!"» Recordó el poema que dice:

Ir a algún sitio
y poder esconderse,
¡cómo lo ansío!
Pero en sociedad vivo
a merced de un cruel amante.

Con estos pensamientos en la cabeza, transcurría el tiempo.
Un día llegó una carta del príncipe. «¿Cómo te encuentras en medio de la monotonía de estos días lluviosos?», le preguntaba en ella. Se incluía un poema que decía así:

Podrás pensar
que normal es que llueva
en la estación.
Mas son mis ojos los que
por tu amor hacen llover.

La dama, al leer estos versos, se sintió feliz por que el príncipe no hubiera dejado pasar la estación de las lluvias sin mandarle un saludo enamorado. Su carta había llegado cuando más sumida se hallaba en cavilaciones amorosas. Le respondió con este otro poema:

¡Qué ignorante
no saber que vuestras lágrimas
son por este amor secreto!
Creía que era lluvia
piadosa con mi dolor.



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El diario de la dama Izumi
Izumi Shikibu (Provincia de Echizen, 
976 - Provincia de Tango, Japón, 1030)

Satori Ediciones, 2017

Porque estamos ante una exquisita historia de amor de los pies a la cabeza, un diario poético impregnado de ese envolvente aroma de suave melancolía tan característico de la época. Y de final brusco y sorprendente.
Aumenta la talla de la obra el hecho de que, si la atribución a la dama Izumi Shikibu es cierta, leyendo sus páginas oímos susurrar a la mejor voz poética de su tiempo y para muchos, a la más excelsa que ha dado la literatura de Japón.
La literatura de Heian más apreciada hoy, dentro y fuera de Japón, es un hermoso tronco que nace no sabemos cuándo, que crece en el siglo IX y que en el siglo siguiente se abre en tres poderosas ramas: relatos en prosa (monogatari), diarios (nikki) y colecciones poéticas (shu). Pero son de contornos a menudo borrosos y enmarañados, como los de esos árboles de notable frondosidad cuyas ramificaciones no resulta fácil distinguir contempladas por la noche a la débil luz de las estrellas.
[Prólogo de Carlos Rubio]

jueves, 18 de julio de 2024

Piedad (Gustavo Adolfo Bécquer)

Rima LII
 
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!

Nube de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las sangrientas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!

Llevadme, por piedad, a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!
 


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Rimas y Leyendas
Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 17 de febrero de 1836 - Madrid, 22 de diciembre de 1870)


Editorial Ebro, 1977

Porque el escritor no solo llegó a aquellos lectores que se identificaron en algún momento con estos sentimientos amorosos plasmados en las Rimas. Que estos versos, de alguna manera u otra, palpitan en autores posteriores como Luis Cernuda (que no tuvo reparos en admitirlo, por cierto), en Alberti, en Aleixandre o en Federico García Lorca. La referencia a las Rimas de Bécquer fue de tal calibre que dejó una profunda huella literaria.

"Desempeña en nuestra poesía moderna un papel equivalente al de Garcilaso en nuestra poesía clásica: el de crear una nueva tradición, que lega a sus descendientes. Y si de Garcilaso se nutrieron dos siglos de poesía española, estando su sombra detrás de cualquiera de nuestros poetas de los siglos XVI y XVII, lo mismo se puede decir de Bécquer con respecto a su tiempo. Él es quien dota a la poesía moderna española de una tradición nueva, y el eco de ella se encuentra en nuestros contemporáneos mejores."
Luis Cernuda

Por tanto, no podemos acercarnos a las Rimas de Bécquer no solo por lo que son por ellas mismas encuadradas en una tradición literaria concreta (la del Romanticismo más tardío) sino por lo que supuso para los creadores posteriores. Tanto fue así que en palabras de estos poetas (pertenecientes al canon literario, que la clasificación es importante) nos llevan ante una frontera histórica, ante un antes y un después. Antes de Bécquer, la poesía giraba alrededor del clasicismo y la tradición; después de Bécquer, se da carta de naturaleza a la moderna, superada en las últimas décadas por experimentos vanguardistas.
Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

miércoles, 26 de junio de 2024

Alférez (Julien Gracq)

Una vez que su tren hubo atravesado los suburbios y humaredas de Charleville, al alférez Grange le pareció que la fealdad del mundo se disipaba: advirtió que ya no tenía ni una sola casa a la vista. El tren, que seguía el lento curso del río, se internaba primero por entre mediocres contrafuertes de lomas cubiertas de helechos y aulagas. Después, a cada curva del río, el valle se iba abriendo camino mientras el ruido del tren repercutía en el seno de la soledad contra los acantilados y un viento crudo, cortante ya en el atardecer otoñal, le refrescaba el rostro al asomar la cabeza por la puerta del vagón. La vía cambiaba a su antojo de orilla, atravesaba el Mosa sobre puentes hechos de un solo tramo de viguerías de hierro, y a ratos se internaba en algún corto túnel a través del desfiladero de un meandro. Una vez reaparecido el valle, centelleante de temblores bajo la luz dorada —la garganta siempre se hundía entre las dos cortinas del bosque— el Mosa parecía más lento y sombrío, como si se deslizara sobre un lecho de hojas podridas. El tren estaba vacío: se hubiese dicho que hacía el servicio entre aquellas soledades por el único placer de circular en la frescura del atardecer, entre las laderas de bosques amarillos que mordían cada vez más arriba en el purísimo azul del atardecer de octubre: a lo largo del río, los árboles liberaban tan solo una estrecha banda de pradera, tan nítida como el césped inglés. «Es un tren que lleva al Dominio de Arnheim», pensó el alférez, gran lector de Edgar Poe, y mientras encendía un cigarrillo retrepó la cabeza en el cadarzo de sarga para seguir con la mirada, muy por encima de él, la cresta de los acantilados desmelenados que se perfilaban gloriosamente contra el sol poniente. En las perspectivas de las gargantas afluentes, boscosas lontananzas se perdían tras el azul ceniza del humo del cigarrillo; 
 
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Los ojos del bosque (Un balcon en forêt)
Julien Gracq (Saint-Florent-le-Vieil, 27 de julio de 1910 - Angers, 22 de diciembre de 2007)


Editorial Debolsillo, 2006
 
La sombra de Stendhal se proyecta en los libros de ficción de Gracq, como en Los ojos del bosque, por ejemplo. Recuerdo los días en que, al encargarme una editorial un breve prólogo a una edición de bolsillo de ese libro, decidí preparar el prefacio retirándome por una temporada  a un albergue en los confines de las Árdenas, donde me sentí feliz, instalado deliberadamente en un tiempo muerto parecido al de la  drôle de guerre de las Árdenas en la que se enmarca la acción de la novela. Me sentí perfecto viviendo con la alegría de Larbaud y de Stendhal en esa especie de tiempo paralizado, casi irreal, mezcla de drôle de guerre y de no tener nada que hacer salvo planear un prólogo. Me pasaba el día leyendo, escribiendo, por decirlo en términos de título de un libro de Gracq. Era mi forma de revivir la experiencia del oficial Grange, el personaje central de la novela. La verdad es que necesitaba yo hacer algo así para recuperarme de las heridas de la vida mundana, necesitaba eso tanto como vivir en la confianza de que un día podría volver a vivir de nuevo en la discreción y la tranquilidad de los años de mi juventud, aquellos en los que se desarrolló mi primera etapa como escritor: volver a los días en que Marcel Duchamp  –cuyas tomas de posición ante la vida y el arte creo que  tienen puntos en común con Gracq-  era mi modelo existencial. Y era mi modelo por su discreción, geometría, clasicismo, elegancia y calma.
[Enrique Vila-Matas. Revista Turia]
 

viernes, 17 de mayo de 2024

Palma (Nizar Qabbani)

Estás grabada en la palma de mi mano

cual letra cúfica en el muro de la mezquita.

Grabada en la madera de la silla, amor mío,

y en el brazo del asiento.

Y cada vez que intentas alejarte de mí

un solo momento

te veo en la palma de mi mano.




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El libro del amor
Nizar Qabbani (Damasco, 21 de marzo de 1923 - Londres, 30 de abril de 1998)


Ediciones Hiperión, 2001
 
“El libro del amor” es una obra que escribió en 1970 en honor de la que sería su segunda esposa, la iraquí Balqis Al Rawi, una maestra de escuela a la que conoció en un recital de poesía en Bagdad, que fue asesinada en un atentado de la guerrilla en Beirut durante el conflicto civil del Líbano, el 15 de diciembre de 1981. Su muerte tuvo un efecto psicológico severo en Qabbani, expresando su dolor en su famoso poema “Balqis”, culpando a todo el mundo árabe por su muerte.
Comienza el libro con un poema extremadamente sencillo, formalmente apenas tres versos, en lo que es una proclamación de su amor, de su forma de entenderlo, Oh, pájaro verde. / Mientras seas mi amor / Dios estará en el cielo.
El amor concebido por Qabbani, El amor, cariño mío, / es un bello poema escrito en la luna, está enfrentado a la concepción tradicional y estricta, pero a cualquier mujer en mi país / cuando ama a un hombre / le arrojan cincuenta piedras. El poeta, deliberadamente, excluye los requisitos de las viejas formas poéticas para usar un lenguaje comprensible, lo que hace que consiga millones de lectores que incluso conocen sus poemas de memoria.

lunes, 15 de abril de 2024

Bibliotecaria (Alice Munro)

El día que murió la señorita Tamblym, dio la casualidad de que Louisa estaba en el Commercial Hotel. Por entonces era representante de una empresa que vendía sombreros, encajes, pañuelos, adornos y ropa interior de señora a minoristas. En el hotel se enteró de la historia y pensó que iban a necesitar a otra bibliotecaria. Empezaba a cansarse de ir cargada con los modelos de tren en tren, de un sitio a otro, de enseñarlos en los hoteles, de hacer y deshacer maletas. Así que fue a hablar con quienes estaban al cargo de la biblioteca. El señor Doud y el señor Macleod. Así se llamaban. Por su forma de hablar, parecían actores de vodevil, pero no por su aspecto. El sueldo era pequeño, pero tampoco le iba demasiado bien cobrando a comisión. Les dijo que había terminado la enseñanza media, en Toronto, y que había trabajado en la sección de libros de Eaton's antes de dedicarse a ser representante de comercio. No consideró necesario añadir que sólo llevaba allí cinco meses cuando descubrieron que tenía tuberculosis y que después tuvo que pasar cuatro años en un sanatorio. Al fin y al cabo, se había curado: no tenía manchas.
La dirección del hotel la instaló en una de las habitaciones para clientes permanentes, en el tercer piso. Desde allí veía las montañas cubiertas de nieve por encima de los tejados. El pueblo de Carstairs estaba en el valle de un río. Tenía unos tres o cuatro mil habitantes y una calle mayor que iba cuesta arriba. Había una fábrica de órganos y pianos.
Las casas estaban construidas para durar toda una vida, los patios eran amplios y las calles estaban flanqueadas por arces y olmos antiguos. Nunca había estado allí cuando había hojas en los árboles. Debía ser muy diferente. Lo que ahora quedaba al descubierto estaría oculto.
Se alegró de poder empezar desde cero; se sentía tranquila, agradecida. Había empezado desde cero otras veces y las cosas no habían salido como esperaba, pero creía en las decisiones rápidas, en la intervención imprevista, en el carácter único de su destino.
El pueblo estaba lleno de olor a caballos. A medida que se aproximaba la noche, grandes caballos con anteojeras y cascos emplumados tiraban de los trineos por el puente, pasaban junto al hotel, bajaban por carreteras oscuras, donde no había faroles. En alguna parte del campo perderían el sonido de sus cascabeles.

Bibliotecaria (Alice Munro)


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Secretos a voces
Alice Munro (
Wingham, Canadá, 10 de julio de 1931 - Ontario, 13 de mayo de 2024)​

Alice Munro evoca el poder devastador de los viejos amores que resucitan en este conjunto de relatos, que le valieron a la autora el W. H. Smith Award y que el New York Times eligió como uno de los mejores libros de su año. Por aquí transitan una joven desaparecida sin rastro, una novia por contrato, una solitaria excéntrica que, sin proponérselo, consigue un pretendiente millonario, y una mujer que quiere escapar del marido y también del amante. Resuenan en estos Secretos a voces el humor, la pena y la sabiduría que confirman, una vez más, las palabras de Jonathan Franzen: «Munro es quien mejor escribe en América del Norte hoy en día».

domingo, 10 de marzo de 2024

Desafío (Frederic Remington)

No voy a contar aquí la historia de la batalla que sostuvo el Séptimo de Caballería con la banda de sioux de Pie Grande en Wounded Knee; eso ya lo ha hecho la prensa; pero sí referiré algo de lo que se dijo en las tiendas Sibley, o «tiendas de guerra del hombre blanco», como las llaman los indios.
Echado de espaldas, con una bala metida en su cuerpo, el teniente Mann se mostró decidido al llegar al punto crucial de su relato:
— Vi a tres o cuatro indios jóvenes que soltaban sus mantas, y me fijé que estaban armados. ¡Listos para disparar, muchachos, que hay jaleo! Transcurrió un instante, y oímos un tiroteo en el centro de los indios. ¡Fuego!, grité, y cargamos contra ellos.
— ¡Oh, sí, Mann! Pero el jaleo empezó cuando el brujo arrojó polvo en el aire. Esa es la vieja señal de «desafío», y apenas había hecho cuando aquellos guerreros se dispararon y entraron en acción. Poco antes alguien me había dicho que si no deteníamos la charla de aquel viejo se armaría un jaleo. Estaba diciendo que las balas del hombre blanco no traspasarían sus camisas indias.
Otro oficial dijo:
— Aquellos sioux sabían manejar muy bien los rifles «Winchester».
Por esta crítica se podía ver que era un profesional.
Otro añadió:
— Un hombre fue herido al principio del combate; pero continuó disparando con su «Winchester»; como cada vez se fue sintiendo más débil, y desplomándose gradualmente, sus tiros le salieron cada vez más altos, hasta que disparó al aire.
— Aquellos indios estaban locos de remate. Por ejemplo, ¿te fijaste que antes de disparar alzaban sus manos al cielo? Era por devoción.
 
Caminos de herradura Frederic Remingto

 
 
 
 
 
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Caminos de herradura
Frederic Remington (
Canton, Nueva York, 4 de octubre de 1861 - Ridgefield, Connecticut, Estados Unidos, 26 de diciembre de 1909)

Ediciones del Cotal, 1980

Frederic Remintong pertenece a la categoría de artistas cuyo modo de interpretar y representar la realidad se ha identificado con la realidad misma.
El Oeste americano que conocemos a través de las imágenes de las películas, las descripciones de los apasionados y las ilustraciones de los epígonos, es el Oeste de Frederic Remington. En sus escritos y en sus ilustraciones nos ha proporcionado una descripción tan precisa y significativa del mundo de la frontera como establecer de una vez para siempre el modelo. En él se han inspirado muchos novelistas para describir hombres y escenas de la época, a él han recurrido grandes directores de cine para ambientar sus películas y antropólogos y filólogos de las costumbres hallan en él una fidedigna
fuente de estudio.
Este libro, publicado por primera vez en 1895, recoge algunos de los artículos e ilustraciones más características del prolífico autor que en veinticinco años de trabajo escribió docenas de artículos, realizó 2.700 dibujos y pinturas, ilustró 142 libros y proporcionó ilustraciones para 41 revistas diferentes, convirtiéndose en el mejor «cronista» del Oeste.