sábado, 2 de abril de 2016

Suicidio (Simon Critchley)

Este libro no es una nota de suicidio.
En 2007, Edouard Levé se suicidó en su apartamento diez días después de entregar el manuscrito de Suicidio a su editor. Tenía cuarenta y dos años de edad. Jean Améry ingirió una sobredosis de somníferos dos años después de publicar en 1976 Levantar la mano sobre uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria. Tenía sesenta y cinco años. En 1960, dieciocho años después de plantear y (eso pensaba) resolver la cuestión del suicidio en El mito de Sísifo, Albert Camus se mató en un accidente de coche. Se le atribuye haber dicho que morir en un accidente de tráfico es la más absurda de las muertes. El hecho de que llevara un billete de tren sin validar en el bolsillo no hace sino agravar la absurdidad de su desaparición. Tenía cuarenta y seis años.
Permítanme que les diga ya de entrada y aún a riesgo de defraudar al lector, que no tengo la intención de quitarme la vida... de momento. Tampoco deseo unirme al coro de aquellos que claman a viva voz contra el suicidio y proclaman que quitarse la vida es un acto irresponsable y egoísta, cuando no ignominioso y cobarde, y que la gente debe conservar la vida cueste lo que cueste. El suicidio, bajo mi punto de vista, no constituye un crimen legal ni moral, y nadie debería considerarlo como tal. Lo que me propongo aquí es sencillamente tratar de comprender el fenómeno, el acto en sí, lo que le antecede y lo que viene a continuación. Me gustaría considerar el suicidio desde el punto de vista de aquellos que han dado el salto, o han estado cerca de hacerlo; incluso podríamos concluir que la capacidad de dar el salto es precisamente lo que nos distingue como seres humanos. Quiero examinar el suicidio de cerca, con detenimiento, tal vez con cierta frialdad, sin precipitarme en juicios ni predicar principios morales como el derecho a la vida o a la muerte. Hemos de examinar el suicidio de frente, minuciosamente, y ver qué facciones, qué perfil, qué rasgos de carácter heredados y qué arrugas emergen en su faz. Tal vez lo que veamos cuando lo observemos de cerca sea nuestro propio reflejo distorsionado devolviéndonos la mirada.
Desde luego y al margen de su respuesta, la pregunta que se plantea Albert Camus en El mito de Sísifo es la correcta. Juzgar si vale la pena vivir o no equivale a responder al principal problema filosófico que existe: ¿debo vivir o morir? ¿debo ser o no ser?

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Apuntes sobre el suicidio
Simon Critchley (
Hertfordshire (Reino Unido) 27 de febrero de 1960)

Así arranca Apuntes sobre el suicidio, un ensayo inteligente, provocador y a su vez de una sensibilidad extraordinaria. Simon Critchley repasa en estas reflexiones sobre el suicidio diferentes fuentes —desde el recuento histórico de suicidas célebres al análisis textual de numerosas notas de suicidio— para llegar al fondo del asunto que le interesa: qué significa estar en posesión del regalo de la vida y en qué consiste la maldición de poder elegir libremente entre vivirla o, por el contrario, optar por la muerte.
«Critchley nos recuerda que nuestras respuestas al enigma del suicidio están distorsionadas por la rabia, los prejuicios y la incapacidad de articular razonamientos. Opina que deberíamos dejar de buscar el gran significado de la vida y, en su lugar, atesorar "los pequeños milagros de cada día, como cerillas encendidas en plena oscuridad". Y que deberíamos hablar del suicidio sin vergüenza ni mojigatería. Este libro es una buena manera de empezar.» The Independent