domingo, 22 de febrero de 2026

Reproche (Mariana Alcoforado)

Hay que confesar que estoy obligada a odiaros mortalmente. ¡Ah!, yo me he ganado todas mis desdichas: os he acostumbrado al principio a una gran pasión, con demasiada franqueza, hace falta el artificio para hacerse amar; hay que buscar con alguna destreza los medios de encenderlo, y el amor solo no provoca el amor; queríais que os amara, y como  os habíais formado  este propósito, no hubo  nada que no hubieseis hecho para  lograrlo; os habríais incluso decidido a amarme si hubiera  sido  necesario, pero os habéis dado cuenta  de que podíais triunfar en vuestra empresa sin pasión, y que no la necesitabais para nada,  ¡Qué perfidia! ¿Creéis acaso que me habéis podido engañar impunemente? Si algún azar os trajera a este país, os aseguro que os entregaré a la venganza de los míos. He vivido largo tiempo  en un abandono y en una idolatría  que  me  dan  horror, y mi remordimiento me persigue con un  rigor insoportable; siento vivamente la  vergüenza de  los crímenes que  me habéis hecho cometer y ya no siento ¡ay!, la pasión que me  impedía conocer su enormidad. ¿Cuándo dejará  mi corazón de  estar  desgarrado? ¿Cuándo  me veré libre de esta cruel  complicación?  Sin embargo,  creo que  no os deseo  ningún mal, y que  me decidiría a consentir que fueseis dichoso, pero, si tenéis un noble corazón,  ¿cómo podríais serlo? 
Quiero escribiros otra carta para  mostraros que estaré quizá dentro de  algún tiempo esté más tranquila. ¡Qué placer voy a sentir cuando pueda reprocharos  vuestro injusto proceder después de que ya no esté tan  vivamente afectada,  y cuando os haga saber que os desprecio,  que  hablo 
de vuestra traición con harta indiferencia y que he olvidado todos  mis  placeres y todo  mi dolor, y que solo  me  acuerdo de vos cuando quiero acordarme! Sigo estando de  acuerdo  en  que tenéis grandes prerrogativas sobre mí  y que me habéis despertado  una pasión  que me  ha  hecho perder  la razón; pero apenas  vanagloriaros de ello: yo  era  joven, era crédula, me habían  encerrado en  este  convento desde  mi infancia,  solo había  visto  más que gente desagradable y nunca había oído nunca los halagos que sin cesar me hacíais; tenía la impresión de que os debía los encantos y  la belleza que veíais  en mí, y que me hicisteis ver, oía  hablar  bien de vos, todo el mundo  me  hablaba en vuestro favor; hacías  todo lo necesario para provocar mi amor. 
Pero al fin me he recobrado de ese hechizo, me habéis sido de gran ayuda y confieso  que lo necesitaba en extremo. Al  devolveros  vuestras  cartas,  conservaré cuidadosamente las dos últimas que me  habéis escrito y las leeré aún más a menudo de lo que leí las  primeras con el fin de no recaer en  mis debilidades.  ¡Ah! Qué  caras  me  cuestan, y  qué  dichosa  hubiera sido  si hubierais  querido  soportar que os hubiera amado siempre. Bien veo que aún estoy demasiado obsesionada por mis  reproches y vuestra  infi­delidad; pero acordaos  de  que me  prometí una  situación  más  sosegada y que  lo  lograré o tomaré contra mí una resolución extrema de la que tendréis conocimiento sin apenas pesar. Pero  no  quiero nada más de vos, soy  una  loca  al  repetir  tanto  las  mismas  cosas tan a menudo, tengo que abandonaros y no volver a pensar en vos, creo que no os volveré a escribir. ¿Estoy obligada a daros  cuenta exacta de todos mis  sentimientos?
 

 

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Cartas de la monja portuguesa
Mariana Mendes da Costa Alcoforado (Beja, 22 de abril de 1640 - Beja, 28 de julio de 1723)

No carecemos de noticias y comentarios sobre la vida de los sentimientos. Pero verlos, solo los vemos en los breves instantes en que se alzan de súbito sobre la corriente del destino o –con algo más de sosiego– cuando ya muertos, desplomados, pasan flotando sobre su superficie.
¿No ha sido tal vez esto lo que ha proporcionado su prestigio en todas las épocas a las cartas portuguesas: que en ellas, como por un milagro, un gran sentimiento se aparta del destino y se adelanta a él, evidente, manifiesto, inolvidable?
¿En qué otra ocasión se ha tenido la posibilidad de ver crecer así al amor? ¿Dónde ha habido un sentimiento de tal intensidad y empeño que no se hundiera de inmediato, se modificara o nos confundiera adoptando disfraces? El arte de las amadas famosas consistía precisamente en mantener su sentimiento bajo la superficie; en sus retratos se nos transmite en ocasiones la rara y tosca sonrisa con que se lamentaban de sus crecientes sentimientos, al tiempo que se precipitaban en lo más profundo de su destino.
Qué diferente debió de haber sido aquella sonrisa de Mariana Alcoforado. No conservamos ninguna mención de ella y a duras penas somos capaces de entrever su rostro. Tanto nos parece ser su gesto lo que ha quedado, el gesto en perpetuo ascenso con el que alzó y mantuvo su difícil amor muy por encima de ella misma. No conocíamos antes ese gesto, pero la voz no era la primera vez que la escuchábamos. Es similar a aquella que en ocasiones se eleva al llegar la noche de primavera, estallando en todo cuanto no es capaz de seguir reteniéndola por más tiempo. Como con el ímpetu del ruiseñor no solo nos llega un grito, sino también un silencio en el que está contenida la noche inabarcable, así está completo en las palabras de esta monja todo el sentimiento, su expresión y cuanto hay en él de inexpresable. Y su voz carece de destino, como la del ave.
Su vida es tan ilimitada y de tan torpe sencillez que incluso lo fatal de su amor no da pie a destino alguno. Ella lo echa en falta, anhela toda la acumulación, la excitación, la aniquilación que recibe el nombre de destino, mientras sigue teniendo la esperanza de llegar a ser una gran amada. Pero por encima de todo ello se transforma cada vez más en la gran amante que admiramos.
[Prólogo de Rainer María Rilke] 

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