jueves, 4 de junio de 2015

Mutismo (Nuria Amat)

Al principio, fue el silencio. Antes de saberme escritora, yo veía el mundo desde la línea del silencio. La lengua estaba dentro. Muda. Precavida. Callada. Recuerdo, y es un muy vago recuerdo de infancia, que no sabía hablar. Conocía, eso sí, las palabras. Conocía, creo, hasta demasiadas palabras y sabía además el lugar preciso donde colocarlas para intentar decir algo aceptable con ellas. Me recuerdo hablando sola e inventando para mí un abanico de palabras. Buscaba las palabras en mi diccionario oculto y las ordenaba mentalmente con mi particular capricho momentáneo. Lo grave era el silencio. Durante años, demasiados años, sentí mi boca cosida por hilos secretos. He hablado muchas veces de esa dificultad del habla que me impedía decir lo que pensaba. Veía todas las palabras. Las frases eran como cintas perfectas en mi pensamiento. De ahí precisamente el mutismo. La frase bella y perfecta no salía. Para poder hablar o decir algo con sentido tuve que aprender antes a matar el pensamiento. Adormecer la lengua. Soltar las palabras sin pensarlas. Creía que el origen de ese mutismo empecinado era el miedo a hablar. Un miedo conformado de tristezas. Porque el miedo, en realidad, no es mas que una enorme montaña de pequeñas y grandes tristezas. El miedo es un puñetazo en la boca. De ahí creía yo que venían mis obcecados silencios. Miedo a verme sola sin mi coraza de lengua, sin mi pensamiento secreto de palabras. Las cosas importantes, esas desgracias y alegrías cotidianas que los niños cuentan como si desgranasen collares o emborracharan el aire con sus risas, yo las escribía en papeles que solía dejar en la mesilla de noche de mi padre. Entonces debía pensar que las cosas importantes merecían ser escritas y evitar así que se perdieran en el olvido del habla. Las cosas importantes de entonces eran, claro, y siguen siéndolo todas aquellas que nacían revueltas en mi diminuto mundo interior. Estaba segura de que toda palabra dicha se perdía y diluía al instante de decirla. Por el contrario, la palabra escrita era el retrato más perfecto de mi pensamiento que se iba perfilando y construyendo a medida que escribía algo con nervio o con sentido.


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Escribir y callar
Nuria Amat (Barcelona, 1950)

¿Los lectores devotos son una especie a extinguir? ¿Vivimos en un sistema dedicado a producir libros como "máquinas tragaperras de lectura" con la consecuencia de que la "maquina-libro ha devorado el lenguaje literario?
Al plantearse estas cuestiones, Nuria Amat no pierde nunca de vista el hecho de que escribir es un ejercicio lento y difícil que requiere toda una vida. Pero el pesimismo que denotan las anteriores preguntas se ven  atemperadas porque Nuria Amat las une a la conciencia de que los libros le han proporcionado una suerte de bienestar que difícilmente habría podido conseguir con otra dedicación.