viernes, 17 de abril de 2015

Aurora (María Zambrano)

Se olvidará siempre el desgarramiento y el padecer de la Aurora, su parto, si no se tiene en cuenta a la Noche, si únicamente se la ve como el anuncio del día. Si se la ve acabada, si ni tan siquiera se la vuelve a ver en el crepúsculo, y el crepúsculo mismo, como lo más encendido de la Aurora, sería entonces un fenómeno (fainomenon, una aparición) reductible a un concepto, muy apto, eso sí, para dar lugar a una metáfora.
Y es que la Aurora tiene sus noches, las noches de la Aurora, que se han experimentado rara vez y a veces durante algún tiempo con frecuencia. Siendo tan distintas de las otras noches no se les ha identificado como noches de la Aurora, es decir, esas noches en que la serenidad se hace por si misma, en el insomne atormentado, sin poder decir que está dormido, está en un estado que corresponde a algo que no es oscuridad, ni tinieblas, ni luz clara, aunque haya luna. Cuando los luceros y las estrellas no parpadean ni están quietos por ello, cuando el mar se extiende como un velo creando belleza allá donde el mirar se detenga, el velo de la belleza sin desgarramiento, del amor sin disminución de pureza, de pureza encendida. Esas noches en que el amor sin nombre y sin figura envuelve y recrea el universo todo que se aparece en su lejanía, lúcido, mas sin herir con la luz; cuando la luz ha dejado de ser una herida y el amor se revela por si mismo. Y así la felicidad se hace indecible, pues que no obedece a suceso alguno, no tiene causa, brota por si misma. Se diría que la fuente misma de donde nace la Aurora y el cumplimiento de su promesa, la noche de la Aurora fuente que deja siempre en el que la ha gustado una mínima gota de agua luminosa, en algún rincón oscuro de la noche del corazón. Noche y fuente que hace sentir que volverá, mas ya para siempre. Ya dentro del ser, en el mismo ser, y no su fenómeno ni su alteración. El tiempo, ¿habría cedido al fin a ser separación? ¿Se habrá logrado el eterno retorno en su total perfección? Es decir, cuando ya no tenga que volver a nacer, porque haya nacido del todo, y sin saberlo.



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De la Aurora
María Zambrano (Vélez-Málaga, 22 de abril de 1904 - Madrid, 6 de febrero de 1991)

Publicado en 1986, De la aurora continúa la metodología discursiva tan afín a Zambrano, de manera que se apunta como una recolección de ensayos que son, de nuevo, la manifestación y la afirmación mística de quien sabe que todo lo que se diga sobre la realidad será insuficiente, por cuanto la verdad se muestra tan sólo mediante «destellos», y únicamente antes o después del lenguaje.
De la aurora retoma para afianzarlos, asuntos esbozados por Zambrano desde sus primeros escritos: el decir del ser mediante la poética de la palabra originaria y el anhelo de un lenguaje poético en los límites del silencio. Pero, el místico, y Zambrano lo es, remite a una experiencia más allá del lenguaje, de ahí que se empeñe en evitar el absolutismo y el dogmatismo en su exposición; ahora bien, la palabra, el decir, en su sentir más originario es la búsqueda implacable de María Zambrano, para quien «la conciencia auroral» significaría la aproximación al origen, la iluminación de una realidad oculta y profunda; en suma, la transmisión estética de la presencia de lo sagrado como experiencia mística por mediación de la aparición de la «aurora» como metáfora de la iluminación, de la esperanza, de la presencia apaciguadora en los seres que la apetecen y desean.