miércoles, 20 de diciembre de 2017

Muerte (Simone de Beauvoir)

Sucede, muy raramente, que el amor, la amistad o la camaradería pueden vencer la soledad de la muerte; a pesar de las apariencias, aún cuando yo cogía la mano a mamá, no estaba con ella: le mentía. Porque siempre fue mistificada, esa suprema mistificación me resultaba odiosa. Me hacía cómplice del destino que me violentaba. Sin embargo, en cada célula de mi cuerpo, yo me unía a su rechazo y a su rebelión: también por eso su derrota me derrumbó. Aunque estuve ausente en el momento en que expiró  -aunque en tres ocasiones asistí a los últimos momentos de un moribundo- al pie de su cabecera fue donde vi a la Muerte de las danzas macabras, la Muerte de los cuentos de sobremesa, que llama a la puerta con una guadaña en la mano, la Muerte que viene de lejos, extranjera e inhumana: tenía el mismo rostro de mamá cuando descubría su mandíbula en su amplía sonrisa de ignorancia.
"Ya tiene edad de morir" Tristeza y exilio de los ancianos: la mayoría ni piensa que han llegado a esa edad. Y yo también, aun refiriéndome a mi madre, he utilizado esa fórmula. No comprendía que se pudiera llorar con sinceridad a un pariente, a un abuelo de setenta años. Si encontraba una mujer de cincuenta años postrada porque acababa de perder a su madre, la consideraba una neurótica: todos somos mortales; a los ochenta años se es suficientemente viejo para convertirse en muerto...
Pero no. No se muere de haber nacido, ni de haber vivido, ni de vejez. Se muere de "algo". Saber que mi madre, por su edad, estaba condenada a un fin próximo no atenúo la sorpresa: tenía un sarcoma. Un cáncer, una embolia, una congestión pulmonar: es algo brutal e imprevisto como un motor que se detiene en el aire. Mi madre alentaba al optimismo cuando, impedida y moribunda, afirmaba el valor infinito de cada instante. Asimismo, su vano encarnizamiento desgarraba el velo tranquilizador de la superficialidad cotidiana. No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona al mundo. Todos los hombres son mortales: pero para todos los hombres la muerte es un accidente y, aunque la conozca y la acepte, es un violencia indebida.














Una muerte muy dulce
Simone de Beauvoir (París, 9 de enero de 1908 - ibidem, 14 de abril de 1986)
 
La muerte es una presencia constante en los escritos autobiográficos, los ensayos y las novelas de Simone de Beauvoir, una temática que invade sigilosamente el texto, a veces tras la figura de otros tópicos cercanos como la vejez o la nada. Tal como afirma en La fuerza de las cosas, la muerte es la “aventura brutal” que desde siempre la persigue en el sueño. Es el mayor límite en la existencia de la persona porque pone en juego la dualidad del Ser y la Nada. La muerte es el único accidente por el cual el para-sí se transforma en el en-sí, por lo tanto es el único que no podemos “asumir” libremente. En Una muerte muy dulce (1964), se describen las seis semanas de enfermedad y agonía previas a la muerte de la madre de Simone, Françoise de Beauvoir. Ese breve lapso temporal le ofrece a la autora la posibilidad de indagar sobre las coincidencias, paradojas y contradicciones del vínculo que mantiene con su madre.
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