miércoles, 22 de enero de 2014

Té (Guido Ceronetti)

Dos veces al día, a eso de las seis de la mañana y las cinco de la tarde, una repetida taza de té verde de China llega con su infalible virtud unitiva, reafirmante y reanimadora, para sacarme a flote y preservarme de todo tipo de inercia, de panfilismo y de abatimiento.

No soy oriental. Mis actos rituales no provienen de los Maestros; más bien se asemejan a una costumbre carcelaria, continuada a lo largo de los años. Siempre de pie, junto a una ventana con los visillos descorridos... Pero del orientador Oriente me queda la confianza de que salirse fuera de uno mismo en la medida justa y con cierta frecuencia no tiene nada de peligroso, y que ver, oír y encontrar espíritus no es inquietante.

El Espíritu del Té comienza a obrar no bien ha descendido: leves presiones internas, acupunturas invisibles, oportunas sacudidas de los sentidos, efervescencia de iluminaciones, carnación imprevista de silencios, una sucesión diligente de excitaciones que van del ojo interior (que quizá es un oído o una mano) al coxis resucitado, pasando por las desagarrotadas vértebras. Entonces, en la oscuridad, muchas ventanitas recobran vida, y las palabras tardan menos en encontrar su justificación en los espacios lejanos. Paz del masaje, raíz del sonido, bondad del roce oculto. Contemplar en una pausa de conexión lo que está desconexo y desgarrado es un momento exento de muerte. Hacer retroceder aunque sea apenas un poco el margen de lo finito, hace ver claro durante largas horas.


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Los pensamientos del té 
Guido Ceronetti (Turín, 24 de agosto de 1927)

Ceronetti, como su admirado Cioran, es radicalmente pesimista. Cree que el hombre es esencialmente maligno y la civilización, un conjunto de ruinas.
Nuestra verdad radical no es la vida, sino la muerte, donde va no hay muerte y no es posible desear, o sea alcanzar o evitar la dicha.
De estos presupuestos, Ceronetti extrae el modelo de pensar a la hora del té: crepúsculo, serenidad y amargura.