Justo delante de la ventana de mi habitación, en la clínica adonde fui trasladado después del choque, se alzaba en el jardín un árbol muy grande, un cedro del Líbano, de largas ramas extendidas, de un verde casi azul. Empecé a mirarlo durante horas, con la cabeza vuelta sobre la almohada, acostado boca arriba en la cama; en realidad, todas las horas que no dedicaba al sueño y a las comidas, porque estaba siempre solo, habiendo hecho saber desde el primer día a mi madre y a mis pocos amigos que no deseaba visitas. Miraba el árbol y sentía una desesperación total, pero serena y, por así decirlo, estabilizada, la que puede sentirse después de una crisis que, aun no siendo resolutiva, se consideraba, no obstante, lo máximo que se puede afrontar. Aquello que a falta de términos más apropiados debía llamar suicidio no había resuelto nada; pero haberlo intentado me hacía pensar que al menos había hecho todo cuanto estaba en mi mano: no podía hacer nada más. En otras palabras, el hecho de que hubiera intentado suicidarme confirmaba la seriedad de mi empeño. No había muerto, pero al menos me había demostrado a mí mismo que antes que continuar viviendo como hasta ahora, había preferido la muerte y la había preferido en serio. Todo esto no mitigaba el sentimiento de desesperación que colmaba mi ánimo, pero introducía cierta serenidad fúnebre y resignada. Había llegado de verdad hasta las regiones oscuras de la muerte; y ahora, aunque fuera sin esperanza, no tenía más remedio que vivir.
El tedio
Alberto Moravia (Roma, 28 de noviembre de 1907 - Roma, 26 de septiembre de 1990)
Seix Barral, 1986
Lo interesante de la novela no pasa por la anécdota en sí misma, puesto que recrea una relación amorosa como hay tantas otras descritas en las novelas. Si no en el desglose que hace el narrador capa a capa de la conciencia del protagonista respecto a sus estados anímicos, para mostrar ese mundo oculto que gravita en toda conciencia, pero al que pocos pueden acceder o son capaces de recrear de manera concreta en un texto narrativo. En este sentido, el valor está en la penetración de la conciencia de Dino y Cecilia, hasta dejarlos en más de algún momento al desnudo, transfigurándose en un reflejo del lector, en un sentido analógico, por cierto.
Las descripciones y percepciones de Dino respecto al sentimiento de amor carnal son tan detalladas y minuciosas, que ponen en la mente del lector todo cuanto es posible sentir por una mujer tras el deseo de posesión. La intelectualización del sentimiento desborda hacia esos horizontes que llamamos estéticos, donde la razón no llega, pero la intuición se expande al infinito.
Alberto Moravia deconstruye magistralmente en esta novela la conciencia amorosa de un modo semejante a como lo hace en su novela El desprecio, con la única diferencia que aquí va todavía más lejos en el detalle y morosidad del relato de episodios complejos, referidos a la intimidad de las relaciones amorosas.
Miguel de Loyola – Santiago de Chile - Año 2002





