viernes, 11 de octubre de 2013

Ensueño (Isabelle Eberhardt)

Estoy sola, sentada frente a la inmensidad gris de un mar murmurante... Estoy sola... sola como lo he estado siempre en todo lugar, como lo estaré siempre por el Gran Universo cautivador e ilusorio... sola, con todo un mundo tras de mí de esperanzas defraudadas, de ilusiones muertas y de recuerdos cada día más lejanos, tanto que se han hecho casi irreales.
Estoy sola, y sueño...
Y, a pesar de la profunda tristeza que invade mi corazón, mi ensueño no tiene nada de desolado ni de falto de esperanza. Después de estos últimos seis meses tan agitados, tan incoherentes, siento que mi corazón se templa como nunca y que de ahora en adelante será invencible, incapaz de doblegarse incluso en medio de las peores tormentas, humillaciones y duelos. Por la experiencia honda y sutil sobre la vida y sobre los corazones humanos que he adquirido (¡y al precio de qué sufrimientos, Dios mío!), preveo con claridad el extraño hechizo triste que para mí tendrán los dos meses que he pasar aquí, en gran parte debido a mi prodigiosa despreocupación de todo en el mundo, o al menos de todo lo que no sea el mundo de las ideas, de las sensaciones y de los sueños, que representa mi yo real y que está herméticamente cerrado a los ojos curiosos de los demás, sin excepción alguna.


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Los diarios de una nómada apasionada
Isabelle Eberhardt (Meyrin (Suiza), 17 de febrero de 1877 - Aïn Sefra (Argelia), 21 de octubre de 1904)

Estos diarios de Isabelle Eberhardt, escritora suiza convertida al islamismo, que dedicó gran parte de su vida a recorrer el norte de África bajo el nombre de Mahmoud Essadi dan testimonio de la vida de una mujer valiente y sensual, de una existencia marcada por la huida, el exilio y el viaje. Sus aventuras sexuales y su coqueteo con las drogas hicieron que Isabelle Eberhardt fuera amada por unos y odiada por otros, sin lograr el equilibrio que anhelaba para su corta vida llevada al límite. Las notas recogidas en estos diarios, que abarcan el período comprendido entre 1900 y 1904 –poco después Isabelle Eberhardt moriría sepultada por el barro durante la crecida de un río en Ain-Sefra–, nos descubren a una mujer capaz de penetrar sin miedo en su propia biografía, de revelarnos la existencia mágica de la que fue, simultáneamente, protagonista y víctima.