sábado, 21 de febrero de 2015

Deriva (Pablo d'Ors)

Cuanto más se medita, mayor es la capacidad de percepción y más fina la sensibilidad, eso puedo asegurarlo. Se deja de vivir embotado, que es como suelen transcurrir nuestros días. La mirada se limpia y se comienza a ver el verdadero color de las cosas. El oído se afina hasta límites insospechados, y empiezas a escuchar -y en esto no hay ni un gramo de poesía- el verdadero sonido del mundo. Todo, hasta lo más prosaico, parece más brillante y sencillo. Se camina con más ligereza. Se sonríe con más frecuencia. La atmósfera parece llena de un no se qué, imprescindible y palpitante. ¿Suena bien? ¡Excelente! Pero confieso que yo solo lo he experimentado durante algunos segundos y solo en contadas ocasiones.
Normalmente estoy a la deriva: entre el que era antes de iniciarme en la meditación y el que empiezo a ser ahora. "A la deriva" es la expresión más exacta: a veces aquí, meditando, a veces quién sabe dónde, allá donde me hayan llevado mis incontables distracciones. Soy algo así como un barco, y más una barquichuela que un sólido trasatlántico. El oleaje juega conmigo a su capricho, pero de tanto como estoy mirando cómo vienen y se van las olas, la verdad es que estoy empezando a transformarme en el oleaje mismo y a no saber qué ha sido de mi pobre barquichuela. Hasta que, efectivamente, la encuentro: "Sí, aquí está", me digo entonces. "A la deriva". Cada vez que monto en esa barquichuela, dejo de ser yo; cada vez que me arrojo al mar, me encuentro.


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Biografía del silencio 
Pablo d'Ors (Madrid, 1963)

Basta un año de meditación perseverante, o incluso medio, para percatarse de que se puede vivir de otra forma. La meditación nos concentra, nos devuelve a casa, nos enseña a convivir con nuestro ser, nos agrieta la estructura de nuestra personalidad hasta que, de tanto meditar, la grieta se ensancha y la vieja personalidad se rompe y, como una flor, comienza a nacer una nueva. Meditar es asistir a este fascinante y tremendo proceso de muerte y renacimiento.