domingo, 28 de junio de 2015

Quizá (Maria Dermoût)

En aquella isla de las Molucas quedaban unos cuantos jardines de la gran época de las especias, los "parques de las especias". Nunca hubo muchos, y en esta isla, desde hacía mucho tiempo, ya no los llamaban parques, sino jardines.
Ahora como entonces, los jardines se extendían a lo largo de ambas bahías -la exterior y la interior-, y los árboles especieros se arracimaban por clases: claveros, mirísticas (que dan la nuez moscada)... Entre estos grupos había grandes árboles de sombra -por lo general, kanari-, y en la parte más cercana a la bahía crecían cocoteros y plátanos como protección contra el viento.
Ni una sola de las casas estaba entera; un terremoto las había derruido. Aquí y allá quedaba parte de alguna edificación: un ala, un muro... Más adelante las habían aprovechado para construir viviendas humildes.
¿Quedaba algo de la gloria pasada?
Sí: algo parecía flotar aún, impasible, por aquellos jardines, algo del brillante pasado.
Si uno se detenía en cualquier lugar, entre los árboles pequeños, y hacía calor, le resultaba fácil percibir un intenso aroma a especias.
En una de aquellas silenciosas habitaciones en estado ruinoso, con una ventana de estilo holandés con amplio alfeizar...
En una franja de playa, bajo los plátanos, donde se deshace las pequeñas olas: una tras otras..., tras otra..., tras otra...
¿Qué podía ser?
La huella de un ser humano, de algo que sucedió, puede permanece en un lugar, de un modo tangible... Y quizá haya alguien que sepa de qué se trata y a veces piense en ello. Pero aquí era distinto: no había en qué apoyarse para el recuerdo, no había certidumbre; tan sólo una pregunta, un quizá.



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Las diez mil cosas
Maria Dermoût (Pekalongan (Indonesia) 15 de junio de 1888 - La Haya (Países Bajos), 7 de junio de 1962)

Las diez mil cosas es una novela que puede leerse como una antología de relatos. En la primera mitad del siglo XX, en una isla del archipiélago de las Molucas, se conservan ya pocos de los antiguos jardines de especias, en uno de ellos vive Felicia «la dama del Pequeño Jardín», última descendiente de una familia holandesa propietaria de plantaciones de nuez moscada. Toda su familia ha muerto hace ya tiempo, y aunque en apariencia no le queda nada, Felicia vive rodeada por la presencia de un sinfín de cosas: su casa, el bosque, el mar, los aromas de la isla, sus recuerdos y fantasías… Leyendas e historias reales que terminan trágicamente se entrecruzan en un lugar donde la pena y el dolor no logran alterar el equilibrio natural de la existencia, y donde el pasado tiene tanta fuerza como el presente.