miércoles, 22 de enero de 2014

Tesoro (L. P. Hartley)

El pasado es un país extranjero: allí las cosas se hacen de manera distinta.
Cuando me tropecé con el diario estaba en el fondo de una caja de cartón bastante deteriorada donde de pequeño guardaba mis cuellos almidonados. Alguien, probablemente mi madre, la había llenado con tesoros de aquellos días: dos erizos de mar, vacíos y secos; dos imanes oxidados, uno grande y otro pequeño, que casi habían perdido todo el magnetismo; algunos negativos en un rollo muy apretado; restos de barra de lacre; una pequeña cerradura de combinación con tres filas de letras; una madeja de cordel muy fino, y uno o dos objetos ambiguos, piezas de estructuras que yo no recordada, y de dudosa utilidad a primera vista. Estas reliquias no estaban sucias ni tampoco exactamente limpias: poseían la pátina del tiempo; y al tocarlas por primera vez al cabo de más de cincuenta años, tuve un recuerdo tan débil como el poder de atracción de los imanes, pero igualmente imperceptible, de lo que habían significado para mi. Hubo un intercambio entre ellas y yo: ese placer íntimo del reconocimiento, el júbilo casi místico de poseer algo cuando se es muy pequeño: sentimientos que me avergonzaron a mis sesenta y poco años.
 

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El mensajero 
L. P. Hartley (Whittlesey, Cambridgeshire, 30 de diciembre de 1895 - 13 de diciembre de 1972)

En esta delicada novela acerca de la pubertad, L. P. Hartley evoca la iniciación traumática de un muchacho en el mundo pasional, decepcionante e hipócrita de los adultos. A sus sesenta años un hombre rememora por primera vez, después de transcurridos cincuenta, su niñez y recuerda los hechos que tuvieron lugar en su visita estival a la comarca de Norfolk el primer año del siglo XX. Es la historia de la pérdida de la inocencia, una pérdida tan demoledora y profunda que genera una perdurable falta de confianza en la vida.