jueves, 22 de enero de 2015

Timidez (Gregorio Marañon)

Amiel escribió "toda" su vida; acaso, sin darse cuenta, para decirnos a todos como es, en verdad, "toda" la vida de los hombres. Así, pues, ante cada una de sus debilidades y de sus pecados, que cada uno de sus lectores, antes de indignarse, medite si puede tirar la primera piedra.
Quiero, en fin, dejar otra vez bien hincada mi persuasión de que Amiel, como tantos otros tímidos, perteneció a una categoría superior de varones. Pero entendámonos  bien antes de acabar: esto no quiere decir que fuera un hombre superior. Fue, ya lo he dicho, un hombre vulgar, con cualidades instintivas, varoniles, sobresalientes. Ahora, que ser hombre es algo más que ser varón; es ser otras muchas cosas, mucho más nobles, que nacen de su sexo, pero que ya no dependen de él; que quizá tienen que olvidarse de él. En los hombres superiores hay siempre una aptitud, una cualidad que se ha desarrollado prodigiosamente a expensas de la savia de los demás. En el mismo Leonardo de Vinci -quizás el ejemplar más alto de la especie humana que registra la Historia- había hondas de la voluntad, tal vez de la ética, junto al prodigio de su entendimiento, tendido, como un sol que nunca se ponía, sobre el Universo y sobre el tiempo. Si el temple del espíritu no es genial, como en Amiel, entonces todas las actividades del alma, ante el crecimiento gigantesco de una, se desequilibran y desconciertan, y el pobre supervarón rueda por la vida como un pelele vencido -cosa extraña- por su propia superioridad. No envidiemos, no imitemos a Amiel. Pero su historia vista a la luz que he querido proyectar sobre la entraña de su alma dolorida, debe servir de consuelo a tantos y tantos otros hombres oscuros que arrastran la cruz de su timidez sin sospechar que puede ser tallada en madera de la más alta jerarquía humana.


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Amiel
Gregorio Marañón (Madrid,
19 de mayo de 1887 Madrid, 27 de marzo de 1960)
 
“Una vida sin relieve, una biografía gris”; así es como Marañón describe la vida de Henri Fréderic Amiel. La obra se titula Amiel: un estudio sobre la timidez. El titulo justifica la razón por la que Marañón, a pesar de considerar sin relieve la vida de Amiel, decide escribir esta obra, él mismo dice: “para mí lo esencial es justamente esa mediocridad, conviene que sea recordada, como el fondo imprescindible del retrato, antes de que analicemos aquellos rasgos psicológicos que quiero comentar especialmente en este libro”.