viernes, 2 de mayo de 2014

Bonsai (Fabienne Verdier)

Mientras el ímpetu de la juventud
aún no ha sido sometido...
Li Po

La infancia la sufres, la juventud la decides. Yo sabía lo que quería: pintar, y en primer lugar, aprender a pintar dominando una técnica pictórica. Tal es la razón de que acabar encontrándome a mí misma en China. Cada uno de nosotros cree que su vida es única, y sin embargo...
Comparo la vida de un hombre con la aterradora belleza de un bonsái o de un viejo pino, en los escollos a orillas del mar, que el viento ha doblegado con el tiempo. Se lo considera hermoso en el otoño de su vida, pero ¿qué sacrificios ha tenido que aceptar para crecer de ese modo?
Si ha conocido un destino singular es porque, desde su más tierna infancia, se ha visto sometido a tormentas, ha sido zarandeado por el viento y toda suerte de intemperies. Desarraigado, transportado de un medio a otro, sufriendo las ansias de extrañas aclimataciones, ya nunca vuelve a sentirse a gusto en ningún lugar... Entonces, forzosa, incansablemente, busca la unidad primordial perdida.
De nada sirve ajustar cuentas con los allegados, los amigos, las instituciones o con toda una época; también ellos se han convertido en lo que son por reacción a las fuerzas brutales, a las persecuciones de que han sido objeto, y así ha ocurrido desde la noche de los tiempos.



________________________________________________________________________
 
Pasajera del silencio 
Fabienne Verdier (París, 3 de marzo de 1962)
 
Joven estudiante de Bellas Artes en la Universidad de Toulouse, Fabienne Verdier emprendió en 1983 un viaje a China, donde quedó fascinada por un arte milenario: la caligrafía. No sólo era el primer occidental que entraba en la provincia de Sichuan desde 1949, sino que no hablaba chino y el partido comunista había prohibido a los estudiantes relacionarse con extranjeros. Además, la caligrafía había sido condenada por la Revolución Cultural en nombre del progreso y la modernidad.. Sin embargo, Verdier se enfrentó a todos los obstáculos y, tras una ardua lucha burocrática, consiguió que le permitieran estudiar con el profesor Huang Yuan, uno de los más insignes maestros de caligrafía, que trabajaba marginado en la clandestinidad.