jueves, 10 de septiembre de 2015

Huida (Lourdes Oñederra)

Desde que has empezado a envejecer, desde que has empezado la segunda mitad de tu vida, quizá. Cuesta abajo. Desde que te ha entrado el miedo al tiempo. No tengas miedo. Serás feliz. Estarás bien. No tengas miedo. Tener miedo, ser miedo. Sé tú el miedo. Sé miedo. El miedo eres tú, no viene de fuera, estáte tranquila con el miedo y no lo sentirás. Somos eso, nuestro miedo, nuestro miedo y nuestras fantasías. Eso es lo que nos construye. La gente que hemos conocido, lo que recordamos, lo que aun habiendo ocurrido no recordamos y lo que soñamos sin que haya ocurrido. Estamos hechos de todo eso. Somos eso. Lo que amamos y lo que odiamos, el color de nuestros ojos, nuestro cuerpo, nuestro dolores y placeres, el olor de las manos de nuestra madre cuando éramos pequeños. Lo que creemos ver en quienes nos miran. En quienes nos miran, en otros ojos, en los demás. Deseo de un hombre más joven.  El ritmo de nuestra respiración y los latidos de nuestro corazón. Nuestro sueño más escondido y nuestra manera de contar las cosas. La sequedad de nuestra piel y la humedad de nuestros ojos. Nuestros cansancios, nuestros cansancios cada vez más frecuentes. Nuestras viejas y nuevas arrugas. Eso somos. Eso es. La unión por un tiempo, el ocurrir a la vez y durante un tiempo, en un mismo lugar, en un cuerpo, todas esas propiedades, todos esos sucesos, todas esas características de mil planos y mil dimensiones. En tu cuerpo, a lo largo de tu vida, a lo largo del acontecer de tu cuerpo, desde el principio hasta el final de tu vida. Suceder. Coincidir. La vida. La vida de una. Tú. La felicidad. Hacer lo que una quiere, conseguir hacerlo. ¿Qué quieres tú? ¿qué quieres de aquí en adelante? Hacer lo que uno quiere. La felicidad. Conseguir hacerlo. Llenar la vida y llenarla de una manera inteligente, sin acarrear la desgracia de los demás. Sin causar la desgracia de los demás. La cuestión no es pedir la felicidad de los otros, nadie tiene derecho a atribuir la responsabilidad de su felicidad a otro. La felicidad no puede ser dada. Cada cual es responsable de su propia felicidad. No hacer daño, no provocar dolor. Escapar. Esconderse. Huidas, respiros necesarios para poder seguir viviendo, mensajeros venenosos de la esclavitud de uno mismo o de la de otros.



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Y la serpiente dijo a la mujer
Lourdes Oñederra (
Donostia, 6 de junio de 1958)

Parece como si Lourdes Oñederra hubiese esperado el tiempo necesario para, reflexionando sobre el peso de los recuerdos, poder urdir con éxito una trama excepcional que normalmente corresponde a escritores con una extensa biografía literaria, pues sorprende que en esta primera novela suya haya sido capaz de dar con este intenso relato que ha obtenido el Premio de la Crítica y que ha atrapado, por su valentía y riesgo a la hora de descubrir las confesiones de una mujer adulta y casada, a tantos lectores. Escrita en torno a las sensaciones y vivencias de un diario personal que se divide tras las coordenadas emotivas que coinciden con las estaciones del año, la protagonista, una mujer a medio camino entre los treinta y los cuarenta, repasa su vida con lupa, hablando sin concesiones del amor, del cansancio, del aburrimiento, de la amistad, en una época en la que los recuerdos de la niñez empiezan a quedar lejos. Los recuerdos que no se comprenden tienen que volver a abrirse una y otra vez, y quizá recordar sea la vida, se nos dice en las páginas de Y la serpiente dijo a la mujer, un título que sirve a la autora para mirar alrededor del mundo de la mujer, que carga sus dudas sobre el amor cuando el cuerpo se ha agotado en un itinerario donde todos buscamos refugio, ocupados como estamos en entender la vida, el tiempo y otras ataduras biológicas o sentimentales.