lunes, 20 de enero de 2014

Ritual (Paola Capriolo)

También aquel día, al atardecer, se echó a andar por la avenida cuesta arriba. Cuando llegó al Hotel Excelsior fue a sentarse, como siempre a una mesa del café y ahí se quedó mucho tiempo, contemplando a ratos el panorama, a ratos el ambiente que le rodeaba. El café del Excelsior era el más elegante de la ciudad. No lejos del puerto, le daba sin embargo la espalda con indiferencia, y aquellas salitas revestidas de damasco, aquella terraza con su barandilla de mármol, le parecían a Walter la avanzada de un mundo más noble y sereno, exento, por naturaleza, de toda preocupación material.
Señores del lugar, turistas, oficiales de barco, espléndidos en sus uniformes, sorbían quién un licor, quién una taza de té, pero lo hacían como criaturas que hubieran dejado de encarnar en un cuerpo, fingiendo, por juego, tenerlo todavía. Walter los miraba beber, observaba sus gestos, y comprendía lo que les impulsaba a hacerlo. Obedecían más bien a las normas de un ritual magnífico e inútil, infinitamente lejano del puerto y de su gente. Allí abajo no había juego alguno, sino una seriedad plomiza sin más finalidad aparente que el que las gentes siguieran eternamente sus propias vidas y los tráficos mercantiles de los que dependían.
Walter atravesaba siempre deprisa la zona del puerto. "Soy distinto", se decía, "yo soy distinto" y casi como para confirmárselo a sí mismo, levantaba los ojos hacia la mole del Excelsior, blanca sobre todo aquel gris como la divisa de un oficial que se destacaba entre la muchedumbre de los hombres que trabajan con las manos.


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El barquero de las ánimas
Paola Capriolo (Milán, 1962)

Valiéndose de una trama ambientada en una ciudad y en un país sin identificar, Capriolo entra valiente y subrepticiamente en algunos de los temas vitales más angustiosos del siglo XX. ¿Por qué llaman irónicamente "El barquero de las ánimas" al joven y plácido piloto que todas las noches remonta la corriente del río con su embarcación, a solas con sus pensamientos obsesionados por la visión de un abrazo desnudo de mujer? ¿A dónde lleva la carga que tan discretamente maneja la omnipresente Compañía?