Daban pasos de baile al sonido del piano y el violín, y Teresa apoyaba la cabeza en su hombro. Así tenía la cabeza cuando iban en el avión que los llevaba a través de la niebla. Sentía ahora la misma extraña felicidad y la misma extraña tristeza que en aquella ocasión. Esa tristeza significaba: hemos llegado a la última estación. Esa felicidad significaba: estamos juntos. La tristeza era la forma y la felicidad, el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza.
Volvieron a la mesa. Bailó dos veces con el presidente y una vez con el joven, que ya estaba tan cansado que se cayó con ella en la pista.
Después subieron todos y fueron a sus habitaciones.
Tomás dio vuelta al interruptor y encendió la lámpara. Ella vio dos camas juntas; al lado de una de ellas, una mesa de noche con una lámpara, de cuya pantalla, espantada por la luz, voló una mariposa nocturna que se puso a dar vueltas por la habitación. De abajo llegaba tenue el sonido del piano y violín.
Volvieron a la mesa. Bailó dos veces con el presidente y una vez con el joven, que ya estaba tan cansado que se cayó con ella en la pista.
Después subieron todos y fueron a sus habitaciones.
Tomás dio vuelta al interruptor y encendió la lámpara. Ella vio dos camas juntas; al lado de una de ellas, una mesa de noche con una lámpara, de cuya pantalla, espantada por la luz, voló una mariposa nocturna que se puso a dar vueltas por la habitación. De abajo llegaba tenue el sonido del piano y violín.

La insoportable levedad del ser
Milan Kundera (Brno (República Checa), 1 de abril de 1929 - París, 11 de julio de 2023)
Tusquets Editores, 1985
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