sábado, 23 de noviembre de 2013

Dama (T. S. Eliot)

Entre el humo y la niebla de una tarde de diciembre
dejas que la escena se arme sola —como ha de parecer—
con un “He reservado esta tarde para usted”;
y cuatro velas tenues en la sala oscurecida,
cuatro círculos de luz dibujándose en el techo,
un atmósfera de tumba de Julieta
preparada para todas las cosas a decir, o no decir.
Fuimos, digamos, a escuchar al polaco de moda
transmitir los Preludios, por el cabello y los dedos.
“Tan íntimo, este Chopin, que creo que su alma
debería resucitar sólo entre amigos,
dos o tres, que no tocaran la frescura
manoseada y cuestionada en las salas de concierto.”


— Y la charla así va derivando
entre deseos vacíos y lamentos elegidos con cuidado
sobre un fondo de atenuados tonos de violines
mezclados con débiles cornetas,
y comienza
.
 
“No sabe cuánto significan mis amigos para mí,
y qué raro, qué raro y extraño es encontrar,
en una vida hecha de tantos, tantos fragmentos
(y eso por supuesto no me gusta... ¿lo sabía? ¡Usted no es ciego!
¡Es tan perceptivo!),
encontrar un amigo que tenga esas cualidades,
que tenga y ofrezca
esas cualidades de las que vive la amistad.
Cuánto significa para mí decirle esto...
sin esas amistades... la vida, ¡qué cauchemar!”
...
 



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Poesías reunidas 1909/1962 
T. S. Eliot (St. Louis, Missouri, 26 de septiembre de 1888 - Londres, 4 de enero de 1965)

La voz poética de T. S. Eliot, premio Nobel de Literatura en 1948, tiene resonancia universal. En su expresión poética se dan cita el monólogo coloquial, las alusiones culturales y los elementos visuales. El empleo del collage con textos de diversas lenguas y la utilización de técnicas de montaje sincrónico y de acumulación simultánea refuerzan el hermetismo de sus poemas que aúnan visiones realistas con imágenes del subconsciente, metáforas crípticas y símbolos de oscuro origen. Una explicación histórico-cultural señalaría que la agonizante civilización occidental, nihilista y dispersa, encuentra su mejor expresión en una poesía montada con fragmentos, citas y voces más o menos apócrifas que, en una visión conjunta y simultánea, abren grandes agujeros al vacío y a la muerte. Pero la obra de T. S. Eliot va más allá de esa efímera vigencia: el acierto y la fuerza de su lenguaje es lo que legitima sus prodigiosos poemas, hechos de palabras insustituibles y memorables.