jueves, 6 de agosto de 2015

Música (Clara Janés)

La violencia que supone el emitir la palabra poética se debe no sólo a la forma de alcanzarla, ese delirio análogo al que se somete el fiel de Dioniso para que lo habite el dios, sino a que tampoco se le hace del todo comprensible lo que comunica, porque se trata de un secreto. "La poesía es secreto hablado que necesita escribirse para fijarse", dice Zambrano en Por qué se escribe, y más adelante prosigue: "Como quien lanza una bomba, el escritor arroja fuera de sí, de su mundo y, por tanto, de su ambiente controlable, el secreto hallado. No sabe el efecto que va a causar, que se va a seguir de su revelación, ni puede con voluntad dominarlo. Pero eso es un acto de fe".
Ese secreto supone silencio, porque para atraparlo el poeta debe tenderle una red de silencio; por ello se asocia con frecuencia silencio y poesía; por ello la entrega del poeta es total: para recibir, enmudece, se hace transparente, "soporte de lo que no permite ser dicho, de todo lo que se esconde en el silencio; la palabra de la poesía temblará siempre sobre el silencio y sólo la órbita de un ritmo podrá sostenerla, porque es la música la que vence al silencio antes que el logos. Y la palabra más o menos desprendida del silencio estará contenida en una música". De todos modos, cuando la palabra aparece no es explícita: "El secreto se muestra al escritor, pero no se le hace explicable; es decir, no deja de ser secreto para él primero que para nadie".
Así, de modo violento, se emite la palabra, como de modo violento se recibe el mensaje, pues -y sigamos comparando al poeta con el fiel de Dioniso- dice Walter Otto: "De esta hondura vital que la muerte vuelve insondable nace toda embriaguez. De ella surge la música, la dionisíaca. [...] De estos abismos procede también el éxtasis y la mántica", porque "allí donde se encuentran los orígenes del Devenir, está también la profecía".


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María Zambrano. Desde la sombra llameante
Clara Janés (Barcelona,
6 de noviembre de 1940) 

María Zambrano (1904-1991) se plantea desde sus primeros escritos la relación entre filosofía y poesía, consolidando, junto al concepto de «razón vital», de Ortega y Gasset, el de «razón poética». A través de su aproximación a la expresión lírica y la mística, la pensadora hace tomar cuerpo en el texto a las palabras de Wittgenstein: «la filosofía no es una doctrina, sino una actividad». En efecto, su escritura se constituye en un ente vivo y en movimiento. Ese carácter autogenésico se debe a las captaciones de la «razón poética», que abarcan la rebeldía humana, la ebriedad ritual, los vislumbres del misterio y la disposición a transmitir el secreto y, por tanto, la voz y la palabra encarnada, unidas a la música, que, nos dice, es «la que vence al silencio antes que el logos». Cuando Clara Janés conoce a María Zambrano, ha reflexionado mucho sobre estas cuestiones y se siente afianzada e impulsada a profundizar. Resultado de sus conversaciones y lecturas son los textos recogidos en este libro.