jueves, 19 de diciembre de 2013

Llama (Evelyn Waugh)

Los arquitectos no sabían a qué fin se destinaría su tarea; hicieron una casa nueva con las piedras del viejo castillo; año tras año, generación tras generación, la enriquecieron y ampliaron; año tras año, la gran plantación de árboles del parque fue creciendo hasta alcanzar la madurez; hasta que, en una helada repentina, llegó la era de Hooper; el lugar quedó desierto y todo aquel esfuerzo no sirvió para nada. Quomodo sedet sola civitas. Vanidad de vanidades, todo es vanidad.
Y, sin embargo -seguí pensando, al tiempo que aligeraba el paso hacia el campamento, en donde, después de una pausa, la corneta repetía el toque de fajina- sin embargo esa no es la última palabra; ni siquiera es válida; es una palabra muerta desde hace diez años.
Ha surgido algo totalmente ajeno al proyecto inicial de los arquitectos y a la pequeña y violenta tragedia humana en la que yo desempeñé un papel; algo que ninguno de nosotros pensaba entonces. Una llamita rojiza... Una lámpara de cobre batido, de diseño deplorable, encendida de nuevo ante las puertas de cobre de un sagrario... la llama que los antiguos caballeros vieron desde sus tumbas, y que vieron apagar; esa llama vuelve a encenderse para otros soldados, lejos del hogar, más lejos en su corazón que Acre o Jerusalén. No habría sido posible encenderla si no fuera por los arquitectos y los actores de la tragedia, y aquí la encuentro esta mañana, de nuevo prendida entre las viejas piedras.
Apresuré el paso y llegué al barracón que servía de antesala.
-Hoy pareces mucho más contento que de costumbre- dijo el segundo comandante.
  

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Retorno a Brideshead
Evelyn Waugh (Londres, 28 de octubre de 1903 - Combe Florey, Sumerset, 10 de abril de 1966)

El retorno de Charles Ryder a Brideshead - la elegante mansión de lord Marchmain convertida ahora en cuartel - le lleva a rememorar aquellos tiempos de estudiante anteriores a la guerra, en que paseaba embelesado por sus hermosos jardines y salones y sucumbía al hechizo de sus singulares habitantes. En realidad, Charles nunca pudo librarse de su ambigua amistad con el inquieto Sebastian, ni de su obsesivo amor por la hermana de éste, Julia, ni de la oscura fatalidad que dejó en la atribulada vida de los Marchmain su huella de drama y desvarío.