lunes, 24 de julio de 2017

Documento (Henry Miller)

Cuando escribo estas líneas, Anaïs Nin ha iniciado el quincuagésimo volumen de su Diario, la crónica de una lucha de veinte años en procura de la propia realización. Es todavía una mujer joven y ha hallado tiempo, en medio de una vida de intensa actividad, para producir una monumental confesión que cuando llegue al mundo ocupará su lugar al lado de las revelaciones de San Agustín, Petronio, Rousseau, Proust y otros.
De los veinte años registrados, la mitad fueron vividos en Estados Unidos, y la mitad en Europa. El Diario abunda en viajes; en realidad, como la vida misma, puede considerárselo nada más que un viaje. El Diario no es un viaje hacia el centro de la sombra, en el severo sentido que Conrad atribuía al destino, ni un voyage au bout de la nuit,  como en el caso de Céline, ni siquiera un viaje a la Luna en el sentido psicológico de una fuga. Se asemeja mucho a una excursión mitológica hacia la fuente y el origen de la vida... casi diría un viaje astrológico de metamorfosis.
Casi es innecesario subrayar la importancia de esta obra en nuestro tiempo. A medida que nuestra Era toca a su fin, adquirimos mayor conciencia del tremendo significado del documento humano. Nuestra literatura, incapaz ya de expresarse mediante formas moribundas, se ha convertido en un género casi exclusivamente biográfico. El artista se retira detrás de las formas muertas para redescubrir en sí mismo la fuente eterna de la creación. Nuestra época, intensamente productiva, y a pesar de ello desprovista de vitalidad y capacidad creadora, está obsesionada por el anhelo vehemente de investigar los misterios de la personalidad. Nos volvemos instintivamente hacia los documentos -fragmentos, notas, autobiografías, diarios- que calman nuestro apetito de más vida porque, al evitar la tortuosa expresión del arte, parecerían ponernos directamente en contacto con lo que buscamos. Digo "parecerían" porque, contra lo que nos imaginamos, no existen atajos, y porque la expresión más directa, la más permanente y la más eficaz es siempre la del arte.


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El ojo cosmológico
Henry Miller
(
Nueva York, 26 de diciembre de 1891 -  Los Ángeles, 7 de junio de 1980)
 
Estos ensayos nos permiten acercarnos a la visión de Miller sobre el mundo cultural en el que se encontraba sumergido. Rodeado por intelectuales de la época es inevitable su influencia. En estos escritos encontramos severas y profundas críticas cinematográficas, alusiones a Buñuel, Dalí, Lawrence, creando casi un código de lo intelectual de la época.
Contiene también relatos inspirados por Anaïs Nin, quien fue mucho más que su amante durante un largo tiempo, ya sea verbalizando una de sus fantasías o aludiendo a sus diarios personales.
Finalmente, sobre el final de la obra escribe una nota autobiográfica donde se describe como un autor que, cuando escribe, su objetivo es establecer una realidad mayor. No se piensa como realista ni naturalista, sino en favor de la vida, la cual en literatura sólo puede ser alcanzada, según él, mediante el empleo del sueño y del símbolo.
En pocas palabras, se describe como un escritor metafísico que utiliza el drama y el incidente como sólo un recurso para plantear algo más profundo.