martes, 3 de diciembre de 2013

Go (Shan Sa)

En la plaza de los Mil vientos, los jugadores cubiertos de escarcha parecen muñecos de nieve. Un vapor blanco escapa de las narices y las bocas. Agujas de hielo, creciendo bajo el borde de sus tocas, apuntan al suelo. El cielo es de nácar, el sol, carmesí, cae, cae. ¿Dónde se halla la tumba del sol?
¿Cuándo se transformó ese pasaje en lugar de cita para los aficionados al go? Lo ignoro. Los tableros grabados en las losas de granito, después de miles de partidas, se han convertido en rostros, pensamiento, plegaria.
Apretando en mi manguito un calentador de bronce, golpeo con el pie para que mi sangre se deshiele. Mi adversario es un extranjero llegado directamente de la estación. Mientras la lucha se intensifica, una dulce calidez me penetra. La luz del día declina y las fichas se confunden. De pronto, alguien enciende una cerilla. Aparece una vela en la mano izquierda de mi adversario. Los demás jugadores se han marchado. Sé que Madre va a enfermar viendo que su hija regresa tan tarde. La noche ha caído del cielo y se ha levantado el viento. Para proteger la llama, el hombre la cubre con la palma de la mano enguantada. Saco de mi bolsillo una redoma de licor blanco que me abrasa la garganta. La pongo ante las narices del desconocido. La contempla, incrédulo. Tiene el rostro barbudo y no se adivina su edad. Una larga cicatriz empieza en lo alto de su ceja y atraviesa su ojo derecho, que mantiene cerrado. Hace una mueca y vacía de un trago la redoma.



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La jugadora de go 
Shan Sa (Pekín, 1972)

Desde 1931, el último emperador de China reina sin poder sobre Manchuria, ocupada por el ejército japonés. La gran mayoría de los empobrecidos habitantes de China se resignan, temen, se someten. Pero, la resistencia también existe. En ese contexto, casi sin palabras, una joven china y un oficial japonés se enfrentan y se aman ante un tablero de go.