martes, 15 de octubre de 2013

Alfabeto (Bernardo Atxaga)

El alfabeto, esta serie ordenada de letras, este itinerario, puede resultar de muchísima ayuda cuando necesitamos pensar con la confianza y seguridad del creyente que tiene un rosario entre las manos. Así me ocurrió a mí el día en que me desperté en la habitación de un hotel y vi frente a mí un cuadro entre gris y azul, una marina que mostraba una hondonada líquida que parecía capaz de atraer y arrastrar los objetos que tenía alrededor, desde la lámpara hasta el aparador de televisión o las revistas que se amontonaban en una de las sillas.
Estuve contemplando la pintura durante un buen rato. Luego cerré los ojos y dejé que mis pensamientos fueran formándose y ordenándose letra a letra, desde la A hasta la Z.
Al principio no vi ni sentí nada, o mejor, sólo percibí un sonido lejano e irreconocible. Pero, después unos minutos -minutos muy gozosos, pues el calor de mi cama era el justo-, aquel sonido comenzó a hacérseme familiar. Sí, no cabía duda, eran las notas de una A suspirante y melancólica, las notas de un Acordeón; una música que, además, no venía sola, sino acompañada de una voz que hablaba de huir lejos, de huir en busca de ese mar donde cualquier corazón se siente enloquecer...
El deseo del que hablaba la canción se convirtió en mi propio deseo, y me vi de pronto en la B de Barca y avanzando además por una poderosa C, la C de Corriente. Antes de que me diera cuenta, ya estaba en medio del mar. El agua era a veces azul, a veces gris; las algas eran verdes.


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Alfabeto sobre una marina
Bernardo Atxaga (Asteasu, Gipuzkoa, 27 de julio de 1951)

"Dicen que los monjes de hace ocho o nueve siglos debían enfrentarse a públicos lejanos, a veces hostiles, reacios siempre a marchar tras los pasos de una demostración teológica o de una condena moral, y que de esta dificultad y de la necesidad de vencerla surgieron los Alphabeta exemplorum. Se trataba de que el peso de los discursos estuviera bien repartido, y de que cada una de las veintitantas letras del alfabeto correspondiente arrimara su diminuto hombro y contribuyera a llevar la carga: que la A demostrara la existencia del Alma, por ejemplo; o que la B tuviera a bien hablar de san Basilio. Cuando uno de estos Alphabeta exemplorum llegó a mis manos, yo ya estaba preparado para entender de qué servía aquel artilugio verbal. Decidí, pues, sin apenas dudarlo, apropiarme del método (...); pasó un año, y ya llegaban a la decena los alfabetos que habían salido de mi mesa para ser leídos o publicados en los lugares más dispares. Mis amigos comenzaron a preocuparse."