viernes, 24 de enero de 2014

Zürich (Elías Canetti)

Esta conversación no la agotó nada, como solía sucederle después de hablar de su enfermedad, de su debilidad corporal o de su desesperación física. Al contrario, se la veía fuerte, salvaje y tan implacable como a mí más me gustaba en otras ocasiones. A partir de este momento, no cejó. Se ocupó de mi traslado a Alemania, un país que, como dijo, estaba marcado por la guerra. Se imaginaba que allí me esperaba una escuela más dura, entre los hombres que habían hecho la guerra y conocían lo peor.
Me opuse con todas mis fuerzas al traslado, pero no me hizo el menor caso y me saco de Suiza. Los únicos años de felicidad completa, el paraíso de Zürich, se habían acabado. Tal vez yo hubiera seguido siendo feliz si ella no me hubiera arrancado de allí. Pero también es cierto que así experimenté cosas distintas de las que conocía en el paraíso. La verdad es que yo, como el primer hombre, vine al mundo sólo por una expulsión del Paraíso.


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La lengua absuelta
Elías Canetti (Rustschuk (Bulgaria), 25 de julio de 1905 - Zúrich, 13 de agosto de 1994)

Elias Canetti creció a orillas del Danubio, en el abigarrado mundo balcánico, entre búlgaros, griegos, albanos, rumanos, armenios, rusos y gitanos. Canciones turcas y viejos romances españoles acompañaron sus primeros pasos en el seno de una prospera familia judía sefardí. Dos pasiones tempranas marcaron su vida: la figura de su madre y el amor por la literatura que ella le transmitió.