Quiero escribiros otra carta para mostraros que estaré quizá dentro de algún tiempo esté más tranquila. ¡Qué placer voy a sentir cuando pueda reprocharos vuestro injusto proceder después de que ya no esté tan vivamente afectada, y cuando os haga saber que os desprecio, que hablo de vuestra traición con harta indiferencia y que he olvidado todos mis placeres y todo mi dolor, y que solo me acuerdo de vos cuando quiero acordarme! Sigo estando de acuerdo en que tenéis grandes prerrogativas sobre mí y que me habéis despertado una pasión que me ha hecho perder la razón; pero apenas vanagloriaros de ello: yo era joven, era crédula, me habían encerrado en este convento desde mi infancia, solo había visto más que gente desagradable y nunca había oído nunca los halagos que sin cesar me hacíais; tenía la impresión de que os debía los encantos y la belleza que veíais en mí, y que me hicisteis ver, oía hablar bien de vos, todo el mundo me hablaba en vuestro favor; hacías todo lo necesario para provocar mi amor.
Cartas de la monja portuguesa
Mariana Mendes da Costa Alcoforado (Beja, 22 de abril de 1640 - Beja, 28 de julio de 1723)
¿No ha sido tal vez esto lo que ha proporcionado su prestigio en todas las épocas a las cartas portuguesas: que en ellas, como por un milagro, un gran sentimiento se aparta del destino y se adelanta a él, evidente, manifiesto, inolvidable?
Su vida es tan ilimitada y de tan torpe sencillez que incluso lo fatal de su amor no da pie a destino alguno. Ella lo echa en falta, anhela toda la acumulación, la excitación, la aniquilación que recibe el nombre de destino, mientras sigue teniendo la esperanza de llegar a ser una gran amada. Pero por encima de todo ello se transforma cada vez más en la gran amante que admiramos.
[Prólogo de Rainer María Rilke]











